Miraba al horizonte mientras hablaba, mientras susurraba.
Siempre tan valiente, tan valiente como podemos serlo todos, siempre que no le gustaba lo que estaba diciendo.
-Me voy- y su cara se llenó de gestos indescifrables, como el que no encuentra en su propia voz ni un ápice de sí mismo.
-Vale- no encontré nada mejor que decir.
Él giró la cara por primera vez incrédulo por mi escueta respuesta, me miró a los ojos una última vez y dijo:
-No vas a preguntarme porqué ¿verdad?-
Yo ya sabía porqué, siempre miraba lejos cuando hablaba... Pero le mentí, haciéndome la ofendida y la enfadada, aunque he de reconocer que no se me dió muy bien.
-No me interesa saberlo, te vas... Ya está-
Entonces él volvió de nuevo su mirada al infinito, donde siempre había estado, se levantó y comenzó a andar mientras yo le observaba abrirse paso entre los matorrales. Caminó largo rato hacia el horizonte y yo le observé ese largo rato marcharse.
Mi mirada quedó entonces condenada al infinito, y en ese momento me sentí él, le comprendí, me llenó y le llené.
Lástima que fuera tarde...