lunes, 20 de junio de 2011

Nunca la imperfección fue tan perfecta

Miraba al horizonte mientras hablaba, mientras susurraba.
Siempre tan valiente, tan valiente como podemos serlo todos, siempre que no le gustaba lo que estaba diciendo.
-Me voy- y su cara se llenó de gestos indescifrables, como el que no encuentra en su propia voz ni un ápice de sí mismo.
-Vale- no encontré nada mejor que decir.
Él giró la cara por primera vez incrédulo por mi escueta respuesta, me miró a los ojos una última vez y dijo:
-No vas a preguntarme porqué ¿verdad?-
Yo ya sabía porqué, siempre miraba lejos cuando hablaba... Pero le mentí, haciéndome la ofendida y la enfadada, aunque he de reconocer que no se me dió muy bien.
-No me interesa saberlo, te vas... Ya está-
Entonces él volvió de nuevo su mirada al infinito, donde siempre había estado, se levantó y comenzó a andar mientras yo le observaba abrirse paso entre los matorrales. Caminó largo rato hacia el horizonte y yo le observé ese largo rato marcharse.
Mi mirada quedó entonces condenada al infinito, y en ese momento me sentí él, le comprendí, me llenó y le llené.
Lástima que fuera tarde...