Mi querido Antonio,
Supongo que esperabas algo más de mi testamento, pero también confío en que sepas ver todo lo que en esta carta voy a darte. Te voy a dar la verdad, y creo que eso es lo más valioso de todas mis pertenencias (escasas ya de por sí, tú lo sabes).
Mi amor, mi Antonio... El viernes pasado limpié toda la casa, barrí detrás del frigorífico, moví la estantería del salón, sí, esa marrón que tan fea te pareció siempre (ahora ya podrás tirarla), levanté los sofás y pasé el polvo a cada disco que tienes olvidado en aquel baúl de recuerdos que cada día está más lleno. Creo que estuve limpiando cinco, seis o siete horas, no me acuerdo. Al principio puse algo de música, una de esas canciones que Alejandro te dice siempre que son de viejos, pero tampoco me acuerdo de cuál. Y mientras limpiaba y escuchaba esas canciones no pude evitar pensar. Tú y yo nunca fuimos de hablar, ¿verdad? Todo fue una ida y venida de suposiciones, de acciones, roces y aceptaciones, pero hasta donde yo recuerdo no fuimos nunca de hablar. Mucho menos pensemos entonces en escribir. He de decir que no soy yo quien escribe (ya sabes que no es mi fuerte, juntar dos palabras y que suenen exactamente como las reproduce mi mente me es casi imposible), escribe alguien que ha sido capaz de entender lo que quiero explicar y le he permitido la libertad de retorcer mis palabras y jugar con ellas con el propósito de que así queden más claras, por irónico que suene.
Antonio, creo que nunca te he dado una desnudez como la que hoy pretendo darte. Y es en parte un poco egoista, porque te la doy cuando ya no puedes disfrutarla.
Te debo tanto, tanto... Que siempre me ha dado un vértigo tremendo reconocerlo. Me hizo gracia ese día que abrí la puerta de casa y te ví ojeando el libro que por aquel entonces yo leía, y cómo rápidamente lo dejaste en la mesa y comenzaste a desviar la mirada por todo el salón, sin objetivo particular. Supiste que te había visto y yo supe que lo sabías y sin embargo... Ninguno dijo nada, los dos hicimos por disimular. Sabía que lo hacías siempre que no estaba en casa, y luego me sorprendías con algún comentario interesante (al menos para mí), creyendo que me debías algo, que yo te superaba. Pero Antonio... No sabes lo que te debo yo, nunca lo dije, qué miedo me daba que te dieras cuenta de lo mucho que eres, que eras...
Hasta que no te conocí jamás pensé en la posibilidad real de poder sentir algo, al menos algo como esto. Algo infinito... Algo que poder llevarme a la tumba. Me llevo mucho más de lo que dejo, y aún así quiero dejarte aquí en agradecimiento un poquito de mí.
martes, 4 de diciembre de 2012
Lucha
Lloraba sin parar, sin siquiera respirar, como un niño. Lo sostuve entre mis brazos intentando que los temblores no hicieran su cuerpo añicos y cayera ahí mismo desplomado, transformado en lo que su alma ya era, un puzle de mil piezas que no encajaban.
Da pánico observar lo que el miedo puede crear.
Da pánico observar lo que el miedo puede crear.
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