Tengo la horrible costumbre de no matar ningún bicho, por feo que me parezca, por estúpido que sea o por cien patas que tenga. No señor, no lo mato y punto.
Y entonces es momento de llamar al gato...
"¡Dino!"Dino debe estar lamiéndose de la comisura de los labios el caviar para felinos que se me ocurrió comprarle ayer, aunque él más que un felino empiece a parecer una vaca.
"¡¡¡¡Dinoooooooo!!!!"Me permito el lujo de apartar por un segundo la vista del peludo bicho-bola-nuevo-habitante-de-mi-calcetín para dirigirla hacia lo largo del pasillo, mientras rezo todo lo que no me sé para que no desaparezca y pienso en lo útil que sería, no solo para ésta sino para otras múltiples ocasiones, un ojo en el cogote.
"Pssss, pssssss.¡¡ Dino a comer¡¡ " - Esta siempre cuelaDino aparece como alma que lleva el diablo, corre todo el pasillo y hace un espectacular derrape al llegar a la habitación. Queda poco elegante cuando la tripa le roza el suelo, pero por lo demás espectacular.
"Dino, cómete eso, mira..." - Entreabro un poco la puerta para que pueda mirar mi calcetín a rayas grises y rojas y con el dedo le señalo al señor bicho-bola.El gato atónito me mira a mí con lo que parece ser una expresión a caballo entre el "¿me tomas el pelo?" y el "si crees que está rico puedes comértelo tú", agarra el calcetín con los dientes, deja caer al señor bicho-bola y con su música a otra parte.
El señor Bicho Bola parece no inmutarse ante la caida, que no era desde un octavo pero tampoco como para permanecer impasivo. Así que me acerco despacio, como el que se aproxima a examinar a una serpiente, supongo que con miedo a que saltara y me comiera viva, o se pusiera de pie y andara... No se sabe.
¿Sr. Bicho-Bola? Le doy unos toques cariñosos con el dedo. Pero nada.
Señor Bicho-Bola-Nuevo-Habitante-de-Mi-Calcetín estaba muerto. Siempre lo estuvo. Los quince minutos enteros, con todos sus segundos.