martes, 29 de julio de 2014

Nuevo habitante

Albergué por unos minutos la esperanza de que aquel bicho monstruoso saliera por sus propias y diminutas patas del resquicio de la puerta. El muy puñetero parecía haber encontrado un acogedor hogar en el revés de uno de los calcetines que me había quitado la noche anterior.
Tengo la horrible costumbre de no matar ningún bicho, por feo que me parezca, por estúpido que sea o por cien patas que tenga. No señor, no lo mato y punto.
Y entonces es momento de llamar al gato...
"¡Dino!"
Dino debe estar lamiéndose de la comisura de los labios el caviar para felinos que se me ocurrió comprarle ayer, aunque él más que un felino empiece a parecer una vaca.

"¡¡¡¡Dinoooooooo!!!!"
Me permito el lujo de apartar por un segundo la vista del peludo bicho-bola-nuevo-habitante-de-mi-calcetín para dirigirla hacia lo largo del pasillo, mientras rezo todo lo que no me sé para que no desaparezca y pienso en lo útil que sería, no solo para ésta sino para otras múltiples ocasiones, un ojo en el cogote.
 "Pssss, pssssss.¡¡ Dino a comer¡¡ " - Esta siempre cuela
Dino aparece como alma que lleva el diablo, corre todo el pasillo y hace un espectacular derrape al llegar a la habitación. Queda poco elegante cuando la tripa le roza el suelo, pero por lo demás espectacular.

"Dino, cómete eso, mira..." - Entreabro un poco la puerta para que pueda mirar mi calcetín a rayas grises y rojas y con el dedo le señalo al señor bicho-bola.
El gato atónito me mira a mí con lo que parece ser una expresión a caballo entre el "¿me tomas el pelo?" y el "si crees que está rico puedes comértelo tú", agarra el calcetín con los dientes, deja caer al señor bicho-bola y con su música a otra parte.

El señor Bicho Bola parece no inmutarse ante la caida, que no era desde un octavo pero tampoco como para permanecer impasivo. Así que me acerco despacio, como el que se aproxima a examinar a una serpiente, supongo que con miedo a que saltara y me comiera viva, o se pusiera de pie y andara... No se sabe.
¿Sr. Bicho-Bola? Le doy unos toques cariñosos con el dedo. Pero nada.

Señor Bicho-Bola-Nuevo-Habitante-de-Mi-Calcetín estaba muerto. Siempre lo estuvo. Los quince minutos enteros, con todos sus segundos.

martes, 1 de julio de 2014

Bandera blanca

Me explico mal cuando hablo contigo, tan mal que vuelvo a casa sin saber qué es lo que yo misma dije o quise decir en cada oración incógnita que te planteo.

Lo único que yo quise decirte es lo importante que fue estar contigo. Fue importante por millones de cosas, pero sobre todo importa haber aprendido a rendirse.

No es fácil cuando se trata de alguien como yo, con más empeño en lo imposible que en lo creíble. Con esas ganas de comerse el mundo que tienes con veinte años. Con ese ímpetu acorazado de la inexistencia de causas perdidas.

No te llamo causa perdida, simplemente no es mi causa. Y contigo, sobre todas las cosas, he aprendido el valor de una rendición a tiempo.

Gracias!