viernes, 22 de abril de 2011

Tres veces y una piedra

Aún me acuerdo de ese día. El timbre sonó diferente, la simple melodía recorrió cada uno de mis sentidos como si de una suave sinfonía se tratara. 

Recuerdo mis pasos inseguros y mi mano tomando el picaporte. La puerta se abrió y allí estaba ella… Su largo pelo negro deslizándose como lluvia por sus hombros desnudos, sus verdes ojos suplicantes de perdón, esos insinuantes labios que años atrás habían moldeado todo mi cuerpo…  Sí, era ELLA.
Permanecí callado en el marco de la puerta, observando la poca luz que había en sus pupilas, leyendo y descifrando cada palabra silenciosa que salía de ellas. Masticaba lentamente cada una de las letras y sílabas que emitían, las tragué a duras penas, sintiendo cómo se atascaban en la laringe de vez en cuando, a lo que mi boca respondía generando una cantidad excesiva de saliva.





Pasaron horas, quizás minutos o segundos. Ella me miraba y yo leía y masticaba. Al final se formó en mi estómago un nudo de palabras y bilis envenenado por los dos años de ausencia y silencio. Escapó, escapó como lo hace el hipo incontenible en mitad de una boda, el nudo salió de mí sin avisar, sin contemplaciones, sin calentamiento, sin más, salió. Y me escuché a mi mismo susurrando oraciones al aire, frases de reproche y reclamo enredadas con resquicios de alivio y melancolía. En realidad no llegué a entender nada de lo que dije, pero lo dije todo, y ella escuchó paciente, absorbió todos y cada uno de los golpes, los bajos y los altos, se dejó herir todo lo dentro que pude clavarle mi afilado cuchillo. Y no se defendió. No se movió. No habló. No corrió. No me tocó. Ni siquiera parpadeó.
Sólo movió la boca para dibujar tres palabras que apenas pude oír,  “¿Me dejas entrar?”. 

No, no, no y no. Y mientras pensaba en qué contestar y cómo reaccionar, mi cuerpo ya se había movido lentamente hacia dentro, dejando el espacio suficiente para que ella pudiera entrar. 

En cuanto traspasó el marco de la puerta todo cambió. Parecía reinar una anarquía incontrolable dentro de la casa, las mesas decidieron hacer caso omiso de la ley de la gravedad y flotaban a sus aires por la cocina y el comedor. La cama se pegó al techo, las sillas volaban alrededor de la mini cadena, las estanterías jugaban a intercambiarse libros de una planta a otra… Y a mí me daba igual.

Aún me acuerdo de ese día…

jueves, 21 de abril de 2011

Adiós

Hola David,

He dudado mucho en si escribirte o no. He dudado en que te diría si me decidía finalmente a hacerlo y aquí lo tienes.
En realidad no tengo mucho que decir, han pasado cuatro años, creo que ya no soy la Paula que conociste ni tu el David a quien yo insultaba. Creo que ha habido tiempo de reflexión y de lo que no es reflexión.
Tengo muchísimas más preguntas que respuestas, ¿porqué escribiste una primera vez? ¿y la segunda?
David, tú y yo jamás nos quisimos, nunca nos amamos, no vivimos ningún tipo de romance. El amor es algo más que una mirada, que una llamada, que un juego verbal. Sí es verdad que podríamos habernos querido, podríamos haberlo intentado al menos, pero no lo hicimos y eso es lo que cuenta. Tú elegiste y yo acepté, aunque tu elección viniera impresa con tinta en un papel arrugado que llegaría días más tarde de mi última conversación contigo. Esa es otra pregunta, ¿por qué no usas el mail como todo el mundo, por que te empeñas en ser diferente hasta cuatro años después?
Siento lo de Marta... Bueno juré que en este correo no mentiría, no lo siento. Estás loco, siempre lo has estado, y pretendes hacer uso de la poca cordura que te queda en el peor momento... Elegir por seguir un comportamiento que no te caracteriza, elegir por pereza, por cobardía y por comodidad. No, no lo siento, me alegro.

En cuanto a si estoy sola o acompañada... Creo que dejaste de tener acceso a ese tipo de información en cuanto deslizaste ese sobre por el buzón hace cuatro años. Estoy muy contenta si es lo que quieres saber.
Por lo demás... Nose David, creo que no hay más que debamos saber el uno del otro. Siempre seremos lo que podríamos haber sido, y eso ya no puede cambiarse, y lo que a tí te pasa es que estás obsesionado con la idea. No me quieres, estás cegado por el ideal que has construido sobre lo que un día pudimos ser y no elegiste. Sólo tienes que imaginar que hubieramos sido muy desgraciados, yo todo el día metiéndome con esa camiseta que te ponías de chiste barato, la manera que tenías de llamarme Pau que tanto me irritaba, la continua discusión política, los k.o, y yo preguntandome día a día por qué cama te estarás paseando, o de quien te apetece encapricharte ahora.

Ahora sí que eres adulto, ahora es el momento de empezar a actuar como tal y a hacer uso de esa poquita cordura que a veces tienes. Céntrate, olvídate de mi y empieza de nuevo con cualquiera otra Paula que encuentres en tu camino.
Adios,
Paula.

P.D: No te perdono David, lo siento.

lunes, 18 de abril de 2011

Cuatro años

Querida Paula;

Sé que ha pasado mucho tiempo. Exactamente 2102436 minutos desde la última carta que te escribí, a la cual no contestaste, y no te culpo... No pretendo dar una explicación convincente, pretendo más allá de eso, hacer una confesión egoísta.
Llevo la mitad de esos minutos imaginándote, soñándote, acariciándote, desnudando un cuerpo que no he visto, creando una vida que nunca viví.
¿Dónde estás Paula? ¿Quién te abraza por las noches? ¿Con quién entrenas ese arte venenoso que encierran tus palabras? ¿A quién rozan tus manos deliberadamente Paula?
Yo ya no estoy con Marta, me dejó... Se cansó de mi continuo ir y venir con esta y con aquella... Lo jodí todo. Contigo, con ella y conmigo mismo. Desde que te escribí esa carta intenté con todas mis fuerzas centrarme en mi vida de adulto, en mi vida seria, en mi vida de persona madura, en mi vida de futuro, en mi vida sin ti... Pero no pude, creo que una parte de mí se quedó en aquella carta, contigo. La otra se quedó aquí, tirada en la cama de cualquier chica que no fuera Marta. Ella no era suficiente para olvidarte. Ni ella ni ninguna de las otras.
Todavía me queda el consuelo de pensar que hay un trozo de mí contigo, viviendo la vida que debí elegir vivir hace cuatro años. O al menos creer que lo ha intentado.
¡Qué estupidez más grande creer que somos mayores…! Que estupidez más grande…
Sólo quería confesar que me arrepiento. Me arrepiento hasta límites inimaginables, créeme. Sé que estarás bien, sola o acompañada, aunque más probablemente lo segundo. Y sé que yo estaré así lo que me quede de vida, pasando cada minuto restante como los 2102436 anteriores. Sólo te pido que me des un respiro… Déjame al menos coger fuerzas para asimilarlo. Dame al menos una palabra. Un perdón, un quizás, un nunca, un te odio, un te he querido, un adiós, un hasta luego, un fin, un algo…
Un beso, o dos, o tres, o cuatro, o dos millones ciento dos mil cuatrocientos treinta y seis. Acéptame al menos eso.
Te sigo queriendo,
David.

lunes, 11 de abril de 2011

Perdón

Hola Paula:

En primer lugar discúlpame por la cobardía de no decirte estas palabras a la cara, de saber que es más fácil el hacerlo así y no ver tus ojos al leerlo.
Quiero que sepas que ha sido contigo con quien he pasado el mejor tiempo de mi vida, incluso sabiendo que nunca hemos pasado del simple abrazo, del roce de unas manos inocentes al simular un combate de boxeo, del insulto torpe que emitía mi boca cada vez que te burlabas, de las discusiones eternas por lo moralmente correcto, de las llamadas telefónicas a las tres de la mañana confesando delirios inconfesables.
Y saber que el mero hecho de no haber entre nosotros nada más que esos simples detalles me destruía por dentro, saberlo y no poder decirlo ha sido y sigue siendo a su vez el detonante de todo. El detonante de la magia que siento entre nosotros, de que todas las noches me vaya a la cama con Marta y no pueda sino pensar en tí, de lo culpable que me siento mirándote y deseando que te acerques demasiado, que me toques, que me beses, que todo. El detonante de esta carta al fin y al cabo.

Paula, me estás matando.
Ella no se merece esto, ella me ha dado siempre todo lo que ha podido, todo lo que he pedido y... Ella no se merece esto. No tiene la culpa de que sean tus labios los que imagino cada vez que cierro los ojos, de que seas tú la persona con la que me acuesto cada noche, de que sean esas llamadas tuyas a las tres de la mañana las que espero, de que yo te quiera incluso sin haberte besado.

Sé que todo esto que te cuento tú ya lo sabes, sé que los dos lo sabíamos y nos callábamos por miedo a que acabara, por miedo a que algún día alguno de los dos escribiera esta carta. Pues aquí esta, con todas sus consecuencias. Con ella se acaban los abrazos, los combates, las discusiones, las llamadas, las miradas, las risas… Con ella se acabó todo lo que ni siquiera ha empezado.
Quiero seguir con mi vida, tengo casi 30 años y aún parece que me guío por los instintos de cuando tenía 15. Tengo que arreglarlo con Marta… Se lo debo, me lo debo y también a ti te lo debo.
Te quiero Paula, pese a mis intentos por no hacerlo te quiero demasiado, y eso nunca fue bueno para nadie.
Espero que algún día puedas perdonarme. Cuídate mucho.
David.
PD: nunca olvidaré los sueños.