martes, 4 de diciembre de 2012

Para Antonio

Mi querido Antonio,

Supongo que esperabas algo más de mi testamento, pero también confío en que sepas ver todo lo que en esta carta voy a darte. Te voy a dar la verdad, y creo que eso es lo más valioso de todas mis pertenencias (escasas ya de por sí, tú lo sabes).
Mi amor, mi Antonio... El viernes pasado limpié toda la casa, barrí detrás del frigorífico, moví la estantería del salón, sí, esa marrón que tan fea te pareció siempre (ahora ya podrás tirarla), levanté los sofás y pasé el polvo a cada disco que tienes olvidado en aquel baúl de recuerdos que cada día está más lleno. Creo que estuve limpiando cinco, seis o siete horas, no me acuerdo. Al principio puse algo de música, una de esas canciones que Alejandro te dice siempre que son de viejos, pero tampoco me acuerdo de cuál. Y mientras limpiaba y escuchaba esas canciones no pude evitar pensar. Tú y yo nunca fuimos de hablar, ¿verdad? Todo fue una ida y venida de suposiciones, de acciones, roces y aceptaciones, pero hasta donde yo recuerdo no fuimos nunca de hablar. Mucho menos pensemos entonces en escribir. He de decir que no soy yo quien escribe (ya sabes que no es mi fuerte, juntar dos palabras y que suenen exactamente como las reproduce mi mente me es casi imposible), escribe alguien que ha sido capaz de entender lo que quiero explicar y le he permitido la libertad de retorcer mis palabras y jugar con ellas con el propósito de que así queden más claras, por irónico que suene.
Antonio, creo que nunca te he dado una desnudez como la que hoy pretendo darte. Y es en parte un poco egoista, porque te la doy cuando ya no puedes disfrutarla.
Te debo tanto, tanto... Que siempre me ha dado un vértigo tremendo reconocerlo. Me hizo gracia ese día que abrí la puerta de casa y te ví ojeando el libro que por aquel entonces yo leía, y cómo rápidamente lo dejaste en la mesa y comenzaste a desviar la mirada por todo el salón, sin objetivo particular. Supiste que te había visto y yo supe que lo sabías y sin embargo... Ninguno dijo nada, los dos hicimos por disimular. Sabía que lo hacías siempre que no estaba en casa, y luego me sorprendías con algún comentario interesante (al menos para mí), creyendo que me debías algo, que yo te superaba. Pero Antonio... No sabes lo que te debo yo, nunca lo dije, qué miedo me daba que te dieras cuenta de lo mucho que eres, que eras...
Hasta que no te conocí jamás pensé en la posibilidad real de poder sentir algo, al menos algo como esto. Algo infinito... Algo que poder llevarme a la tumba. Me llevo mucho más de lo que dejo, y aún así quiero dejarte aquí en agradecimiento un poquito de mí.

Lucha

Lloraba sin parar, sin siquiera respirar, como un niño. Lo sostuve entre mis brazos intentando que los temblores no hicieran su cuerpo añicos y cayera ahí mismo desplomado, transformado en lo que su alma ya era, un puzle de mil piezas que no encajaban.

Da pánico observar lo que el miedo puede crear.

sábado, 2 de junio de 2012

Uno, dos, tres...

Supongo que el final siempre llega aunque tarde. Y pese al esfuerzo en vano que me supuso el juego no diré que no haya merecido la pena.
Siempre me escondí lo mejor que supe.
Siempre me encontraron.

Hasta ahora.

sábado, 12 de mayo de 2012

Tres segundos

–Eres especial Marina...
–No, no lo soy. Soy una persona normal con ganas de vivir.
–Por eso eres especial...

miércoles, 7 de marzo de 2012

Mírame y dime que no

Las calles estaban desiertas, ni un alma se atrevía a mostrarse a la luz de las pocas farolas situadas a los márgenes de la carretera. Él paseaba tranquilo, haciendo un esfuerzo por levantar los pies del suelo. La noche siempre se le había dado bien para pensar, o para no pensar, según se mire.
Diez años después ahí seguía él, en los mismos sitios y a las mismas horas. Miraba hacia abajo cuando caminaba, tratando de averiguar si su sombra habría cambiado desde entonces, pero no conseguía ver nada. Podía oír el ruido del mar cuando el camino se metía hacia la costa, y eso le gustaba, saber que había algo más que tierra por la que seguir andando, saber que había un mar que poder surcar. ¿Total para qué? él nunca lo haría, quizás sus hijos, o sus nietos, o los que vinieran después, pero no él.
Algún coche extraviado pasaba de vez en cuando por su lado, salpicándole el agua que quedaba estancada en los desniveles de la carretera, pero él no gritaba, ni siquiera cambiaba el semblante, era sólo un poco más de mierda.
Le gustaba escuchar el sonido de sus zapatos, golpeando vagamente sobre la acera y formando en sus oídos un estruendo indescriptible, un eco abrumador, una sensación de poder, de éxito... Quizás la única en su larga y desgastada vida. Sólo se escuchaban sus zapatos. Los de nadie más.

Boom... Y el sonido rompió el silencio con la facilidad con la que se rompe una vajilla cara, con la sensualidad de un soplo de unos labios carnosos. Y los cristales volvieron a su lugar, y los labios se cerraron para siempre. Fue un segundo, nada más que un segundo, y el silencio recuperó su forma y su belleza. No quedaban pasos, ya no había mar...
Quedó tendido en la acera como una broma pesada. La sangre brotaba de su sien burbujeante, deseosa de tocar tierra, ardiente... Fluía como el agua que horas antes había regado la ciudad, con un ritmo constante, imparable, hipnotizante... Y se mezclaba con los restos de fango y mierda que había acumulados en el bordillo.

Alguien volvió, de nuevo, a elegir por él. Ni su propia muerte había sido capaz de decidir.

Ahora, al menos, ya estaba muerto...

domingo, 19 de febrero de 2012

Así huele la lluvia

Si quiero quererte te quiero... Y tú no tienes nada que decir.
Tú puedes quererme si quieres, o no.
Pero yo te quiero.

miércoles, 8 de febrero de 2012

El arte

El arte sólo es tal si tiene unos espectadores, me dijeron un día charlando en un sofá. El que baila sólo lo hace bien si alguien es testigo de ello. El que pinta no puede regodearse en su ego si no hay nadie que le encuentre un sentido. El actor no cumple su papel si no hay quien le aplauda al final de la función.
Y el escritor no es nadie si su lector no ha aprendido siquiera a leer.
Y así escribimos, pintamos, fotografiamos, bailamos y actuamos en busca de una respuesta, un aplauso, una recompensa. Nos desesperamos por encontrar un juez de nuestro arte, un alguien que nos convenza de lo que valemos, un ente que aprecie nuestro hobbie, una lengua que se mueva al ritmo de unas palabras esperanzadoras, un bolígrafo, pluma, rotulador, lapicero o teclado que confirme, que afirme y que atestigüe.

Pero... No sólo lo hacemos con el arte. Nos vestimos, caminamos, nos movemos, conversamos, decidimos y actuamos como si cada vez que salimos al encuentro de otra persona cualquiera nos enfrentáramos a un juicio. Constantemente, cada minuto de nuestras vidas, cada segundo... Tic Tac... Correcto e incorrecto. Moral e inmoral. Apropiado e inapropiado. De acuerdo y en desacuerdo. Afín o contrario. Listo o tonto. Bueno o malo. Bien o mal.
Y llegamos a casa agotados, deshinchados, contentos de haber superado un día más las pruebas, o no... De haber interpretado un papel que ha gustado, del aplauso de la muchedumbre o de la minoría. Quizás sólo hubo dos manos aplaudiendo, pero eso nos satisface lo necesario.
¿Y al final quiénes somos?
¿Y qué es el arte?

lunes, 23 de enero de 2012

Privación del juicio o del uso de la razón

Estoy loca sí. Lo sé y lo acepto. La mía debe ser un tipo de locura extraña, quizás superficial, quizás una locura que también está loca.
Los médicos dicen que las personas locas lo son en parte por el hecho de no conocer su situación. Yo en cambio no solo la conozco, sino que disfruto con ella. Disfruto intensamente de los momentos en los que no pienso igual que el resto de cerebros, en los que el razonamiento queda anulado a favor de unos instintos desequilibrados y descontrolados.
Saboreo el momento en que otros ojos me miran con miedo, con horror, y hasta con asco. Vivo del placer de la sorpresa que provoca en otro ser vivo un comportamiento inesperado, de su desesperación, de su final aceptación y del instante en que se rinde, abandonado a la idea de ceder ante una loca. Un fuego que se apaga, tozudo, incrédulo, tenaz.
Voy y vengo constantemente, consciente del sentimiento de ira que despierto. Con el continuo vaivén de mis rizos indomables. Nunca me peino. Estoy loca. ¿Lo he dicho ya? Yo estoy loca.
Nunca lo dicen, pero la locura también provoca cierta atracción. Lo sé porque lo noto. Les observo observarme, y jugamos a este juego un buen rato. Ellos buscan en mi cierto sentido del equilibro, de estabilidad, analizando atentos si mi comportamiento se corresponde con el diálogo. Se desorientan. A ellas también les pasa en determinados momentos, aunque son menos. A ellos les encanta, la contradicción de su lógica contra mi locura, contra el deseo más puro. Yo sin embargo les observo analizarme. Y me río por dentro, a veces por fuera, y otras veces no sé si me he reido por dentro o por fuera. Pero siempre me río. Me hace gracia su absurdo, su búsqueda de nada y de todo, su enfrentamiento entre lo que tienen y lo que quieren, su lucha interor de clases, su pelo, su peine, sus zapatos limpios, su mujer perfumada, su intento de amor, sus dientes blancos, sus imanes de nevera, su "debe" y su "haber", sus manos.... Y me río. Nunca saben porqué, y me dan lástima, con todo eso... Y sólo quieren una cosa más. Y está loca. Me preguntan casi siempre porqué me río, qué me hace gracia. Y me dan lástima. Estoy loca, ellos lo saben, y preguntan. Creo que con esperanzas de entender y razonar, de justificarse y de "salvarme". A mí me gusta estar loca.
Y les contesto: "Me hacen gracia tus dientes blancos" Y me río sin parar durante un rato, a veces para mí y otras para él. Pero no le gusta, cierra la boca rápido y continúa perplejo, preguntándose a sí mismo qué ve su inconsciente (literal y figuradamente) en una loca como yo.
"Es deseo"
"¿Qué?"
"Que se llama deseo..."
"Estás loca..."

Ya no me río. No soporto a la gente tonta.
Yo no estoy loca....


jueves, 12 de enero de 2012

martes, 10 de enero de 2012

Suspiros suspensivos


Llegó apenas a esbozar un gemido más corto que el pronunciar de estas palabras, y su amor se escapó entre el espacio de estas frases. Besos y aparte.

domingo, 1 de enero de 2012

Y se acabó

"Eran una pareja que era una pareja"
Y se me escapa una risa tonta y melancólica que más que para el viento era para él. Ese él que nunca existió.
"¿De que te ríes?"
"¿Una pareja que era una pareja? Convincente..."
"Sí, tú me entiendes..."
"Sí"
Y mi respuesta suena a nada, como quien asiente distraido mientras alcanza a comprender el significado completo de la afirmación.
Sí, claro que lo sé. Mis neuronas trabajan sin descanso para conseguir inventar una utopía como aquella. Imaginan y traman a escondidas todo lo que yo deseo, planean como microseres en un mundo de ensueño, se organizan y actúan sin ser vistas, ni oídas, ni sentidas. Y crean para mí a ese ser que completa la pareja que nos convierte en una pareja.