Esa es la verdad. La verdad es que hay veces... Y hay veces unas cosas y hay veces que otras, pero siempre hay veces.
En particular esta era una de esas veces en las que parece que no viene nada después de esos puntos suspensivos, en las que se alcanza tal estado de normalidad que uno ya no cree que la vida pueda llegar a sorprenderle. Pero incluso en aquellos momentos hay veces... El primer paso fue darme cuenta de que hay cosas que el ser humano inventa (y he de decir que lo hace excepcionalmente bien, y de un modo u otro acaba por convencer a toda clase de gente que habita en el planeta) que son completamente falsas. Y esta es una de las peores cosas que pasan en la vida, tránsito obligado para todos aquellos que, por suerte o por desgracia y más bien por lo primero, lleguemos vivos al duro tránsito a la edad adulta.
Bien, pues una vez después de recibir la hostia que te da la vida una vez pasada la veintena (este dato no es muy objetivo, conozco a más de uno que todavía no ha tenido el placer de que se le presente la ocasión y ya están bastante alejados de los veinte, pero es un dato) el cuerpo queda como en una especie de trance, como el despistado que no ve venir la bola y le abre una brecha de siete puntos antes de que pueda siquiera levantar los brazos y amortiguar el golpe. El cuerpo, o la mente, o una unión de ambos, quedan suspendidos en una especie de limbo con todo el resto de almas despistadas que buscan la salida a su propio yo de nuevo, porque al fin y al cabo así te deja la hostia, despistado.
Y es precisamente en ese trance de recuperar la visión, de adaptación a la idea de que lo que ha sido parece que nunca volverá a ser, cuando ocurrió.
Llegó con sus palabras bonitas o con esa luz que desprende, ya no física sino mentalmente, alguien que acaba de llegar a la idea de algo grande, o al menos de algo con fuerza. Y me dí cuenta de que efectivamente el tiempo de cada uno no es eterno, y que si la vida te deja desubicado la solución no puede ser andar hacia cualquier dirección, que la respuesta es buscar, buscarnos a nosotros mismos, encontrar lo que queremos y seguir, y luchar con paciencia, de esa que muestran algunos maestros con alumnos contrariados, seguir autoinyectándonos un fuelle que nunca debe terminarse y vivir, no como esos seres que respiran y hacen sin pensar, que se acomodan en una rutina monótona y sin interés, sino vivir plenos, por y para lo que nos gusta y queremos.
Porque hay veces... Y siempre las va a haber.