domingo, 28 de diciembre de 2014

Una historia bonita

Algún día contaré su historia. Relataré a quien lo ansíe el cómo, de qué manera, las historias bonitas sólo suceden a quien no las cree pero las afronta.
A quien pese a las buenas excusas para respaldarse, avanza.
A quien se arriesga a que nada salga en pro de un Todo improbable.
A quien, amigos, no le es cómodo ser cobarde.

Es por eso que a ti, créeme cariño, a ti nunca va a pasarte.

martes, 29 de julio de 2014

Nuevo habitante

Albergué por unos minutos la esperanza de que aquel bicho monstruoso saliera por sus propias y diminutas patas del resquicio de la puerta. El muy puñetero parecía haber encontrado un acogedor hogar en el revés de uno de los calcetines que me había quitado la noche anterior.
Tengo la horrible costumbre de no matar ningún bicho, por feo que me parezca, por estúpido que sea o por cien patas que tenga. No señor, no lo mato y punto.
Y entonces es momento de llamar al gato...
"¡Dino!"
Dino debe estar lamiéndose de la comisura de los labios el caviar para felinos que se me ocurrió comprarle ayer, aunque él más que un felino empiece a parecer una vaca.

"¡¡¡¡Dinoooooooo!!!!"
Me permito el lujo de apartar por un segundo la vista del peludo bicho-bola-nuevo-habitante-de-mi-calcetín para dirigirla hacia lo largo del pasillo, mientras rezo todo lo que no me sé para que no desaparezca y pienso en lo útil que sería, no solo para ésta sino para otras múltiples ocasiones, un ojo en el cogote.
 "Pssss, pssssss.¡¡ Dino a comer¡¡ " - Esta siempre cuela
Dino aparece como alma que lleva el diablo, corre todo el pasillo y hace un espectacular derrape al llegar a la habitación. Queda poco elegante cuando la tripa le roza el suelo, pero por lo demás espectacular.

"Dino, cómete eso, mira..." - Entreabro un poco la puerta para que pueda mirar mi calcetín a rayas grises y rojas y con el dedo le señalo al señor bicho-bola.
El gato atónito me mira a mí con lo que parece ser una expresión a caballo entre el "¿me tomas el pelo?" y el "si crees que está rico puedes comértelo tú", agarra el calcetín con los dientes, deja caer al señor bicho-bola y con su música a otra parte.

El señor Bicho Bola parece no inmutarse ante la caida, que no era desde un octavo pero tampoco como para permanecer impasivo. Así que me acerco despacio, como el que se aproxima a examinar a una serpiente, supongo que con miedo a que saltara y me comiera viva, o se pusiera de pie y andara... No se sabe.
¿Sr. Bicho-Bola? Le doy unos toques cariñosos con el dedo. Pero nada.

Señor Bicho-Bola-Nuevo-Habitante-de-Mi-Calcetín estaba muerto. Siempre lo estuvo. Los quince minutos enteros, con todos sus segundos.

martes, 1 de julio de 2014

Bandera blanca

Me explico mal cuando hablo contigo, tan mal que vuelvo a casa sin saber qué es lo que yo misma dije o quise decir en cada oración incógnita que te planteo.

Lo único que yo quise decirte es lo importante que fue estar contigo. Fue importante por millones de cosas, pero sobre todo importa haber aprendido a rendirse.

No es fácil cuando se trata de alguien como yo, con más empeño en lo imposible que en lo creíble. Con esas ganas de comerse el mundo que tienes con veinte años. Con ese ímpetu acorazado de la inexistencia de causas perdidas.

No te llamo causa perdida, simplemente no es mi causa. Y contigo, sobre todas las cosas, he aprendido el valor de una rendición a tiempo.

Gracias!

martes, 24 de junio de 2014

a+b = c

La descabellada idea de pretender recomponer un corazón a besos, siendo éstos los mismos besos que lo destrozaron.

Y que, sin quererlo, todo llegue tarde.

jueves, 12 de junio de 2014

ya sólo

Ya sólo le echaba de menos cuando no llegaba a subirse la cremallera del vestido. Por
FIN

lunes, 9 de junio de 2014

Barcos de papel

Barcos de papel eran todos sus sueños. Nada más rozar el mar absorbían todo el agua del océano, y cuanto más se hinchaban más se hundían.

Así eran todos sus sueños hasta que encontró la botella.

domingo, 8 de junio de 2014

Más Mariola y menos yo



No he visto ojos contenedores de tanta pena como los que me miran a través de ese espejo.
Porque ayer tenía veinte años, y reía como si nunca fuera a ser mañana, como si jamás fueran a llegar las consecuencias de mis actos. Aún peor, las consecuencias de mis no actos.
Y esta mañana tengo casi cincuenta. Cincuenta años, madre mía… Cincuenta años y puedo leer en mis propios ojos la desesperanza de quien no encuentra luz.
Ayer vino Mariola a comer. Vino y trajo consigo toda la luz que la envuelve, y toda esa energía que en el fondo envidio tener. Mariola es mi hija, la menor. Pero no parece mi hija. No quiero decir con ello que crea que es hija de otro, eso está totalmente descartado, con esos ojos sé que ella es mi hija. Lo que yo quiero decir es que, sin embargo, sus ojos son otros ojos. Los miro y me veo en ellos, veo los míos, pero me veo feliz. Y a pesar de su corta edad es ella quien me enseña, al mirarme y al hablarme, incluso a veces hasta al escucharme, que esa felicidad a la que todos optamos (yo también opté a ella por supuesto) no es gratis. La felicidad te arrebata esfuerzos, sacrificios y elecciones. Sobre todo, elecciones.
Hablemos de elecciones… –reto a mis propios ojos.  Y hablamos largo y tendido, por primera vez en cincuenta años. De todas esas elecciones que la vida me puso en bandeja, de todas aquellas que hice por comodidad, y las que dejé que la misma vida hiciera por mí. Hablamos de Mariola y de cómo a veces las elecciones impuestas, irónico llamarlas elecciones pero así lo voy a hacer, resultan las mejores en la vida. Pero también hablamos de ellos, y de cómo la cobardía de no elegir, de dejar pasar, de dejar hacer y de dejar DE hacer, también tiene su resultado.
Y ahora sé que si volviera a vivir sería más Mariola y menos yo. Más valiente y menos yo. Más feliz y menos yo.
Aún es pronto, aún puedo ser más Mariola y menos yo… Casi.

miércoles, 22 de enero de 2014

Ella era demasiado joven para entenderlo,
Y el siempre sería demasiado viejo para quererla.