No he visto ojos contenedores de tanta pena como los que me
miran a través de ese espejo.
Porque ayer tenía veinte años, y reía como si nunca fuera a
ser mañana, como si jamás fueran a llegar las consecuencias de mis actos. Aún
peor, las consecuencias de mis no actos.
Y esta mañana tengo casi cincuenta. Cincuenta años, madre
mía… Cincuenta años y puedo leer en mis propios ojos la desesperanza de quien
no encuentra luz.
Ayer vino Mariola a comer. Vino y trajo consigo toda la luz
que la envuelve, y toda esa energía que en el fondo envidio tener. Mariola es
mi hija, la menor. Pero no parece mi hija. No quiero decir con ello que crea
que es hija de otro, eso está totalmente descartado, con esos ojos sé que ella
es mi hija. Lo que yo quiero decir es que, sin embargo, sus ojos son otros
ojos. Los miro y me veo en ellos, veo los míos, pero me veo feliz. Y a pesar de
su corta edad es ella quien me enseña, al mirarme y al hablarme, incluso a
veces hasta al escucharme, que esa felicidad a la que todos optamos (yo también
opté a ella por supuesto) no es gratis. La felicidad te arrebata esfuerzos,
sacrificios y elecciones. Sobre todo, elecciones.
Hablemos de elecciones… –reto a mis propios ojos. Y hablamos largo y tendido, por primera vez
en cincuenta años. De todas esas elecciones que la vida me puso en bandeja, de
todas aquellas que hice por comodidad, y las que dejé que la misma vida hiciera
por mí. Hablamos de Mariola y de cómo a veces las elecciones impuestas, irónico
llamarlas elecciones pero así lo voy a hacer, resultan las mejores en la vida.
Pero también hablamos de ellos, y de cómo la cobardía de no elegir, de dejar
pasar, de dejar hacer y de dejar DE hacer, también tiene su resultado.
Y ahora sé que si volviera a vivir sería más Mariola y menos
yo. Más valiente y menos yo. Más feliz y menos yo.
Aún es pronto, aún puedo ser más Mariola y menos yo… Casi.
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