La cucharilla se movía elegante entre ese líquido al que se atrevía a llamar café con leche. Cada vez que pasaba rozando el cristal del vaso se alejaba rápidamente temiendo el calor que desprendía. Siempre en el mismo sentido, siempre al mismo ritmo.
Manuel saca la cuchara, se la mete despacio en la boca para evitar que gotee y la hunde en seguida en el bote de azúcar, ese que ella siempre sabía distinguir del de la sal porque "está claro, tiene tapa de bote de mermelada". Él debía ser idiota, porque no entendía el símil.
En fin, Manuel echa una cucharada de azúcar en el café y repite un par de veces el mismo gesto, hasta conseguir la cantidad de azúcar deseable para una buena úlcera.
"Tres de azúcar por favor" es lo primero que la escuchó decir, y lo último que recuerda de ella. Es insoportable la hora del café, insoportable el "clin, clin" quejicoso del vaso a rozarlo con el metal, insoportable el sabor, el olor, su sabor, su olor, sus besos, sus manos, su pelo en la almohada, su cepillo de dientes en el baño y sus bragas en el tercer cajón del armario.
Era un delirio su recuerdo imborrable escrito dentro de esas tres cucharas de azúcar que desde entonces no perdonaba nunca. Era su momento con ella, sus quince minutos al día de "buenos días", "¿cómo has dormido hoy?", "¿tres de azúcar?", "¿me perdonas?", "¿me devuelves mi vida, mis recuerdos, mi karma, mi serenidad, mis lunes, mis martes, mis miércoles, mis jueves, mis viernes, mis sábados y mis domingos?", "¿y si te pido sólo los domingos?".
- ¡Señor Gonzalez! - Levanta con sobresalto la cabeza del café por primera vez en veinte minutos.
- ¿Eh?
- Le pregunto, señor González, que porqué la mató.
- Ella me mató primero...
miércoles, 28 de enero de 2015
domingo, 25 de enero de 2015
Ninguna parte
Siempre supieron que iban a ninguna parte.
Y aquel ninguna parte será el lugar donde se reencuentren cuando, solos y heridos por haber buscado el "alguna parte" con los ojos huecos, huyan a esconderse.
Deseando, sin saberlo, acabar con ella en ninguna parte.
Y aquel ninguna parte será el lugar donde se reencuentren cuando, solos y heridos por haber buscado el "alguna parte" con los ojos huecos, huyan a esconderse.
Deseando, sin saberlo, acabar con ella en ninguna parte.
domingo, 18 de enero de 2015
Una historia bonita, parte 2
Él tenía un trabajo, uno de esos en los que los padres están orgullosos de sus hijos aunque sus hijos no estén orgullosos de ellos mismos. Al final eso pocas veces importa, porque lo que cuenta es la admiración externa, nunca suma la propia.
En fin, que él tenía un trabajo, también tenía una casa donde vivir y comida que comer. Todo era seguro, tan seguro como que vivía en Madrid, se levantaba a las siete y media, cogía el autobús de las ocho y cuarto y a veces (pocas) me lo cruzaba de vuelta a casa en el metro.
Yo pensaba en él como el chico de las mil barreras, de los "no me enamoro" o "no te enamores" más constantes de los que había escuchado nunca. Y aunque quedaron atrás pronto, para mí él siempre fue eso.
Un día, el primero, le vi en el andén de la línea 10 en el infierno de cambio de Tres Olivos. Entiendo su sorpresa al verme, vestida para uno de esos trabajos en los que los padres están orgullosos de sus hijos, y sus comentarios sobre el cambio de la vida y las personas. Él estaba igual. Los años no pasaron para él, con la única diferencia de que no parecía feliz.
Tras una pequeña introducción de cortesía que iba desde el qué tal te va hasta el recuerdo de un par de momentos del pasado que ambos creíamos olvidados, me dijo:
- He conocido a alguien - Vaya... Sí que tenía ganas de soltarlo.
- Ah, ¿sí? ¿Y qué tal?
- ¡Bien! Muy bien...
- Peero....
- ¿Cómo sabes que hay un pero?
Sonrío, - Esa cara siempre va seguida de un pero -
- Sí. Se va
- ¿A dónde?
- A su país
- ¿Por qué?
- Aquí no consigue trabajo y creo que le apetece volver con su familia
- ¿Y tú?
- ¿Yo qué?
- Que si tú te vas... Con ella
- No, claro que no...
Y lo siguiente que sé es que él deja su trabajo de contrato fijo, sus padres ya no están orgullosos de él, él hace la maleta, compra un billete de avión, respira hondo y... Se marcha. A un país en el que no tiene trabajo, en el que no habla la lengua oficial, en el que no tiene familia, ni amigos.
Y entonces despierta en mí la admiración más profunda del que arriesga una vida entera por algo que quiere. Y sé que, conociéndole, ha sido lo más valiente que de momento conozco.
Es por eso por lo que muchos días pienso en él, y espero con mucha fuerza que le salga bien y que le de fuerzas para seguir siendo valiente, para poder seguir viviendo de verdad.
(Un beso. Muchos besos. Te mereces que todo te vaya bien, porque la vida es para los que arriesgan)
En fin, que él tenía un trabajo, también tenía una casa donde vivir y comida que comer. Todo era seguro, tan seguro como que vivía en Madrid, se levantaba a las siete y media, cogía el autobús de las ocho y cuarto y a veces (pocas) me lo cruzaba de vuelta a casa en el metro.
Yo pensaba en él como el chico de las mil barreras, de los "no me enamoro" o "no te enamores" más constantes de los que había escuchado nunca. Y aunque quedaron atrás pronto, para mí él siempre fue eso.
Un día, el primero, le vi en el andén de la línea 10 en el infierno de cambio de Tres Olivos. Entiendo su sorpresa al verme, vestida para uno de esos trabajos en los que los padres están orgullosos de sus hijos, y sus comentarios sobre el cambio de la vida y las personas. Él estaba igual. Los años no pasaron para él, con la única diferencia de que no parecía feliz.
Tras una pequeña introducción de cortesía que iba desde el qué tal te va hasta el recuerdo de un par de momentos del pasado que ambos creíamos olvidados, me dijo:
- He conocido a alguien - Vaya... Sí que tenía ganas de soltarlo.
- Ah, ¿sí? ¿Y qué tal?
- ¡Bien! Muy bien...
- Peero....
- ¿Cómo sabes que hay un pero?
Sonrío, - Esa cara siempre va seguida de un pero -
- Sí. Se va
- ¿A dónde?
- A su país
- ¿Por qué?
- Aquí no consigue trabajo y creo que le apetece volver con su familia
- ¿Y tú?
- ¿Yo qué?
- Que si tú te vas... Con ella
- No, claro que no...
Y lo siguiente que sé es que él deja su trabajo de contrato fijo, sus padres ya no están orgullosos de él, él hace la maleta, compra un billete de avión, respira hondo y... Se marcha. A un país en el que no tiene trabajo, en el que no habla la lengua oficial, en el que no tiene familia, ni amigos.
Y entonces despierta en mí la admiración más profunda del que arriesga una vida entera por algo que quiere. Y sé que, conociéndole, ha sido lo más valiente que de momento conozco.
Es por eso por lo que muchos días pienso en él, y espero con mucha fuerza que le salga bien y que le de fuerzas para seguir siendo valiente, para poder seguir viviendo de verdad.
(Un beso. Muchos besos. Te mereces que todo te vaya bien, porque la vida es para los que arriesgan)
domingo, 11 de enero de 2015
Revivir es así
Remito mis nuevos ataques a viejos recuerdos. Me doy cuenta de que cuanto más cargo contra ti en realidad más estoy cargando contra mí mismo y el peso de toda la mierda que llevo en esta mochila que suma y suma cada año.
Si hubiera sabido lo que sé ahora, y por el contrario ahora supiera lo que sabía entonces, tan sólo lo que sabía entonces... Si así fuera entonces quizás hoy no me bloquearía el miedo a que te fueras y preferiría la insensatez de andar sobre un tejado en ruinas por llegar hasta algún lado contigo. Si los recuerdos no existieran, la vida no dejara huellas y al cerrar los párpados sólo encontráramos vacío, entonces quizás podría decirte con palabras lo que sé que me intuyes cuando me miras directamente a los ojos.
Si sólo hubiera "ahora" sin la existencia del "antes" probablemente no retrocedería tanto por cada paso que avanzo, te diría las verdades sin tapujos, como haría mi yo del "ahora" cuando era "antes", te compraría un libro y te lo regalaría con una de esas dedicatorias que no se olvidan, dejaría de lado la jodida visión pragmática de las cosas que no deberían meditarse y te prometería la luna aunque supiera que no puedo alcanzarla.
El problema es que no existe un "ahora" separado de un "antes", que la vida deja heridas imborrables y que cuando cerramos los ojos aparecen fantasmas que me susurran el riesgo de ir a buscarte, de regalarte un libro o de colmarte de las verdades sin tapujos que en el fondo mereces.
No cabe nada en cajas cerradas.Y yo, sinceramente, quiero abrirte todas mis ventanas.
Si hubiera sabido lo que sé ahora, y por el contrario ahora supiera lo que sabía entonces, tan sólo lo que sabía entonces... Si así fuera entonces quizás hoy no me bloquearía el miedo a que te fueras y preferiría la insensatez de andar sobre un tejado en ruinas por llegar hasta algún lado contigo. Si los recuerdos no existieran, la vida no dejara huellas y al cerrar los párpados sólo encontráramos vacío, entonces quizás podría decirte con palabras lo que sé que me intuyes cuando me miras directamente a los ojos.
Si sólo hubiera "ahora" sin la existencia del "antes" probablemente no retrocedería tanto por cada paso que avanzo, te diría las verdades sin tapujos, como haría mi yo del "ahora" cuando era "antes", te compraría un libro y te lo regalaría con una de esas dedicatorias que no se olvidan, dejaría de lado la jodida visión pragmática de las cosas que no deberían meditarse y te prometería la luna aunque supiera que no puedo alcanzarla.
El problema es que no existe un "ahora" separado de un "antes", que la vida deja heridas imborrables y que cuando cerramos los ojos aparecen fantasmas que me susurran el riesgo de ir a buscarte, de regalarte un libro o de colmarte de las verdades sin tapujos que en el fondo mereces.
No cabe nada en cajas cerradas.Y yo, sinceramente, quiero abrirte todas mis ventanas.
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