domingo, 10 de julio de 2011

Transiciones

"Abre los ojos" me digo cada vez que el suave traqueteo del tren me juega una mala pasada. La última vez que me quedé dormido no hubo manera de convencer a ese "reloj humano" del que todos hacen alarde y me salté mi parada, con todo lo que eso conlleva.
Así que ahí estoy, en el último vagon, con un libro abierto por una página que ni reconozco, y luchando prácticamente a muerte por no caer en brazos de Morfeo. Lo intento todo... Y lo vuelvo a intentar. Centrarse en el libro es lo más difícil, llevo casi media hora pasando hojas que mis ojos leen pero mi mente no procesa, me he perdido hace ya un capítulo y leer a partir de algo que no sé ni de qué habla me resulta increiblemente aburrido.
También probé con mirar por la ventanilla y pensar en todos esos sitios que voy dejando atrás, pero... La rutina del viaje ha conseguido estropear también esa opción.
No, ya estoy convencido, no hay manera posible de permanecer despierto media hora más, así que me rindo y dejo que mis ojos se cierren, poco a poco, disfrutando del placer del que se sabe abandonado al deseo más profundo.
Y en el último momento, quizás el último segundo, no lo sé, entró ella. Se acabó. Ya no deseaba dormir.
Se sentó en frente de mí y yo la miré de refilón como con miedo a asustarla, a que me creyera de esos hombres que van por ahí mirando a niñas. Pero no, yo no era así, y ella tampoco.
Mi mirada intermitente conseguía en ella una tímida sonrisa, sí, sin duda esa sonrisa era para mí. Esa sonrisa era completamente mía, estaba hecha a medida, pensada, calculada, y con el tiempo mejorada.
Entonces la imaginé conmigo en la cama, fumando un cigarro boca arriba mientras estiraba las piernas y las encogía, fruto de la gran inquietud que la poseía, y me hablaba de ésto y de lo otro y yo la miraba desde el otro lado absorto en sus mejillas, en su ombligo y en su boca.
Y la imaginaba también en aquel café de en frente de mi casa, el de los toldos verdes y las mesitas naranjas, burlándose de mi insuperable adicción a la cafeína mientras acababa de un trago con un zumo.
Y esos besos imaginarios que me regalaba en frente del quiosco cada mañana, esos besos que sabían a azúcar y mermelada de fresa, esos besos que yo nunca le pedía pero que no fallaban.
Sin olvidar las noches de fin de semana en las que mi imaginación nos hacía quedarnos en casa, y ella se paseaba en bragas por el pequeño salón mientras bailaba cualquier canción que encontrara en la radio, y yo la miraba hipnotizado desde el sofá, como quien observa el espectáculo más increible del mundo, absorto en sus caderas y en la luz que desprendía su pelo con cada movimiento.

Y en todos y cada uno de los pasajes ahí estaba esa sonrisa, mi sonrisa.

Mi parada llegó entre bailes y besos, me levanté y andé hacia la puerta sin mirarla. Y un segundo antes de poner el pie en el suelo me giré, la miré y me miró, y entonces vi pasar por sus pupilas el reflejo de todo lo que yo había imaginado, me sonrió y recordé.