lunes, 12 de diciembre de 2011

It makes no sense

Me merecía seguir mi camino sin poder echar la vista atrás. Pero en lugar de eso el destino decidió lo que un principio parecía ayudarme. Se me perdonaron todos mis pecados, y los sapos salieron por mi boca uno a uno, despacio, tan verdes, tan asquerosos. Vomité toda la mierda que invadía mis sentidos. Me senté al lado de la taza del water, intercambiando algún pensamiento con Dios, supliqué y me suplicó, vencí y me dí por vencido, lloré y pataleé como lo hubiera hecho un niño. Y así pasé la tarde de domingo, vomitando sin digerir.

Al terminar el día me miré al espejo. No había nadie.... No reconocía a nadie.
Creo que aquello no era un espejo.
No. No reconocía a nadie.
Por favor.... Dadme un espejo.
Por favor....

Un espejo.

Dadme... un espejo.
O un alma....

Dadme. Algo.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Que ser cobarde no valga la pena

Pablo era de esas personas que se bebía la leche condensada y hacía castillos de nata montada sobre su boca. Nunca bajaba la tapa del water y bebía morro todo cuanto caía en sus manos.
Pablo no llamaba nunca por teléfono ni buscaba mujeres en cada discoteca. Miraba por la ventana cada vez que llovía y ponía los pies sobre la mesa sin nigún tipo de pudor.
Pablo era así. Y además era un cobarde. Nunca tuvo nada, nunca jugó a nada, no soportaba la idea de perder.
Pablo corría todos los días hasta la guardería donde trabajaba Marta. La miraba ir y venir de un lado a otro, jugar con los niños, recorrer el patio, toser, hablar, reir... Y disfrutaba con ello más que con nada de lo que hacía.
Pablo era así. Y así fue toda su vida. Un cobarde.

martes, 8 de noviembre de 2011

Me alegro

Una cara sonríe sin firma y alegra la vida.

Un pijama por favor

"Va anda... Ponte el pijama"
Ella ríe suavemente.
"¡Que pesado!"
"Va... va... Que ya son las once"
"Me tengo que duchar Pablo"
Él se acerca insinuante mientras desliza una de sus manos por la pierna de ella, que se recuesta sobre el sofá.
"No, no... Espera a que me ponga el pijama"
"No voy a esperar una ducha..."
Ella sonríe esta vez insinuante. Definitivamente es la tentación en persona.
"Tú esperarás lo que yo quiera que esperes"
Claro que sí, ella lo sabe y él también. Esperaría una vida entera por ver a aquella mujer desnuda, aunque sea la milésima vez.
"No me quites autoridad" dice divertido mientras juega a retenerla.
"No le puedo quitar algo que no tiene señor Jiménez" responde ella fingiendo seriedad.
"Cierto señorita Blanco, pero yo sí que puedo quitarle a usted la ropa... Porque de eso tiene, ¿verdad?"
Que idiota era él cuando se lo proponía, y cuánto le gustaba. Leer en sus ojos sus ganas. Cómo le brillaban cada vez que la miraba, y lo enormes que se volvían con solo dedicarle una palabra. Era increible que sólo una persona del mundo fuera capaz de provocar eso en él, o al menos de aquella forma.
Pero ella se incorporó de golpe forzándole a él a hacerlo tambien, y reía alegremente mientras se abrochaba el botón del pantalón que él había conseguido desabrochar en algún momento sin que ella se diera cuenta.
"Prefiero quitarmela yo si no le importa al señor" decía mientras se levantaba y caminaba hacia la escalera.
"¿Y si digo que me importa?"
"Entonces tendrás que aguantarte" Se la oye gritar desde media altura.
"Bien, tu te lo pierdes. Soy capaz de desnudarte mucho mejor que tú" comenta él en un intento desesperado de converncerla.
Ella se asoma desde el primer piso y dice medio gritando:
"¡Menuda mierda de argumento cariño!"
Lo que provoca en él una carcajada profunda, seguida de un tono de decepción.
"Había que probar Sara... Había que probar..."
"Anda tonto sube aquí que te voy a demostrar cómo se desnuda a una mujer"
Y sin pensarlo siquiera una vez, antes de que terminara aquella frase él ya había llegado hasta ella. Y sintió que estuviera donde estuviera, en cualquier momento de su vida él estaría allí con ella, aprendiendo a desnudarla, a quererla, a cuidarla, a entenderla, a acariciarla, a besarla, a escucharla, a tranquilizarla...

domingo, 6 de noviembre de 2011

Un día cualquiera

Llegó a casa y dejó las llaves en la entrada, como hacía siempre. Se quitó los zapatos y los tiró bruscamente sobre la alfombra. ¿Para qué recoger? Su vida era exactamente igual que su casa, un desastre.
Rutina diaría. Se tumba en el sofá unos pocos minutos para procesar toda la información que acumulaba su cerebro. Enciende el ordenador y pone música, sube el volúmen, aún no está lo suficientemente alta. Traslada el ordenador hasta la cocina, donde comienza a sacar bolsas y bolsas de congelados mientras mueve la boca sin hacer ruido al ritmo de la canción.
Todavía no hemos escuchado su voz. No sabemos si canta bien o canta mal, si tiene un tono armónico o si es arrítmica. No sabemos nada, pero lo sabemos todo. No, mentira... No sabemos nada. Eso es lo que a ella le gusta, que nadie sepa nada. Nos proporciona datos aleatorios y vanales, pero nada más.

Cocina al ritmo de una lista de reproducción que deja bastante que desear y sonríe por dentro. Cena en silencio, de cara a la pared, observando apenas sin pestañear su propio y poco nítido reflejo.
Enciende la ducha y la deja correr esperando a que arda, quemar no es suficiente. Se desviste lentamente mientras se analiza meticulosamente al espejo y se cubre todas las zonas que le permiten sus pequeños brazos.
Se mete entre las cortinas y se desliza hasta quedar sentada sobre el plato de la ducha y deja que el agua caiga sobre ella a su antojo. Cierra los ojos e imagina. Imagina estar muy lejos, ser otra persona. Imagina el placer de permanecer allí toda la vida, y se le antoja una sensación dulce. Se le ocurre que eso es precisamente lo que tienen que sentir los niños antes de nacer. Ese placer calentito, esa seguridad infundada, esa levedad, esa profunda ingravidez.
Pero todo termina y el placer acaba. Sus minutos de descanso se han agotado por hoy, al igual que su fortaleza y su semblante.
Y por fin, después de ese horrible día, después de esos horribles años, se acuesta. Quita los dos cojines de la cama y los lanza hacia la otra punta de la habitación. Se pone el pijama con suavidad y con cariño. Levanta la almohada y alcanza el edredón. Tira de él hacia un lado y deja al descubierto una desgastada sábana blanca.
Se tumba y se tapa hasta arriba procurando no dejar ni un solo hueco por donde pase el aire. Frota los pies un rato hasta que los nota calientes y para. Se queda quieta unos minutos tumbada en posición fetal mirando a alguien que no la acompaña. Abre la boca y articula una palabra que no suena para nadie. Estira el brazo y acaricia el sitio vacío. Se incorpora y corre a buscar uno de los cojines que ha apartado previamente. Se mete con él en la cama y lo tapa con el edredón mientras le pasa un brazo por encima y lo aprieta contra su vientre.
Apaga la luz. Sin cerrar los ojos ahora mira hacia el vacío, sin pestañear, sin apenas respirar, como quien concentra todas sus facultades en algo. Su cara no tiene expresión alguna. Y de pronto brota de su ojo izquierdo una sola lágrima. Y dos. Y tres. Y ningún músculo de su cuerpo se estremece. Y cuatro. Y cinco. Y sus dedos se agarran con fuerza al cojín, y sus piernas se encogen un poco más. Y sus pies se mueven inquietos entre las sábanas.
Y ella cierra los ojos sin que nadie la vea. Y llora en silencio sin que nadie la escuche. Sin que nadie le pregunte. Sin que a nadie le interese.
Mentira. A alguien le importa. Pero no está. Ella nunca quiso que estuviera.

Y cierra los ojos. Y amanece. Y ella no despierta. Y nadie lo sabe.
Eso es lo que a ella le gusta... Que nadie sepa nada...

lunes, 17 de octubre de 2011

En mi cama

Mi mano buscaba a ciegas tu cara.
Me dio tiempo a recorrer tus párpados con la yema de mis dedos, a deslizarlos suavemente por tus labios, todavía húmedos de placer, a adivinar el color de tus mejillas, a inventar nuevas fórmulas físicas que explicaran la reacción de mi mano con tu pelo. Me dio tiempo a sentir el calor de tu frente y los murmuros inconscientes. Y a sentir tu corazón, que latía a paso lento en tu cuello.
Mi mano buscaba a ciegas tu cara en esa cama.
Y me dio tiempo a despertarte de placer, a mecer tu cuerpo con la palma de la mano. A inventar palabras con los dedos. A embriagarme de tu aliento.
Mi mano buscaba a ciegas tu cara en esa cama, ya vacía.
Y me cerré en ese cuarto oscuro en el que todavía quedaba algo tuyo. Y me dio tiempo a olerte una vez más. A verte una vez más. A tenerte una vez más. A que me quisieras una vez más.


Y todas las noches mi mano buscaba a ciegas tu cara... Y yo podía vivir un día más.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Uno de cada cien


Cincuenta años hacía que vivían en ese pequeñito vagón al final del tren. Ella dormía a la derecha, él lo hacía a la izquierda. Y cada uno observaba desde su ventanilla los sueños que traqueteo a traqueteo habían dejado pasar. Por la de ella se paseaban preciosas bailarinas de porcelana, mecidas por el suave equilibrio de su tutú. La de él la recorrían  miles de pentagramas rociados de corcheas y negrillas. Lo único estático que en ambas permanecía no era sino el reflejo de los dos, besándose  en  silencio. 
-“Próxima parada…”- Pero ellos no pensaban bajarse.

martes, 13 de septiembre de 2011

Colorín colorado...

—Mamá, léeme un cuento
—No quedan cuentos cariño
—Sí mamá, están allí, mira...— Pero ahí no había nada. Un triste vacío en medio de la estantería rosa, ya no quedaba ni un sólo libro. La mirada de Lucía se llenó de decepción, pero no lloró.
—Ya eres mayor Lucía, los cuentos se han acabado
—No, no, mamá... Yo sigo siendo pequeñita... De verdad, ya no quiero ser mayor lo prometo, quiero mis cuentos— Nadie hubiera dudado de estas palabras, Lucía no erá más que una niña, un pequeño ser humano de seis años que dormía entre muñecos y escribía ilusionada la carta a los Reyes Magos.
Todos los días se levantaba de entre sus diminutas sábanas, desayunaba su Cola-Cao en el tazón del conejito y acudía de la mano de su madre al colegio que había al lado de casa. Sí, Lucía continuaba siendo una niña.

—Dijiste que querías ser mayor, y las chicas mayores  no lloran por cuentos, ni duermen con muñecas. Las chicas mayores aprenden.
—Yo también aprendo mami, yo voy al cole.
—Aprenden de la vida...
La cara de Lucía derrochaba confusión por todos sus poros, ¿ya no iba a poder ser pequeña?, ¿aprender de la vida?, ¿qué le había pasado a su madre?

Al día siguiente su padre se fue de casa y no volvió nunca. No sirvieron de nada sus súplicas, sus lágrimas, sus mocos por la barbilla y su cara sonrojada por la rabia.
—Lo siento cariño— fue la única explicación que recibió. ¡Le daba igual lo que sintieran!

Todo se termina. Lucía crece cinco años.

Y a partir de ahí todo va rodado... Su vida se sucedió de constantes enseñanzas agolpadas en una brevedad pasmosa de años.

La navidad no existe. Lucía crece un año.
Demostrar es díficil, a veces imposible. Lucía crece dos años.
El dinero es más que importante. Lucía crece tres años.
Amar no es suficiente. Lucía crece cuatro años.
Confiar te hace débil. Lucía crecre cinco años.
La gente muere y es olvidada. Lucía crece seis años.

Y con cada lección que la niña iba aprendiendo le sacudía un enorme dolor físico. Aprender dolía, y mucho.

Cuando alcanzó la edad de veinte años ya no era una niña, lo que nadie sabía es que había dejado de serlo mucho mucho tiempo atrás. Se convirtió en una anciana encerrada en esbelto cuerpo, en un corazón debilitado por los golpes cubierto de una capa de acero.
Ya nada le sorprendía, ya lo sabía todo.
Aprender de la vida, sí. Ahora sabía lo que era.

Decidió dejar de vivir. Paseaba por las calles muerta, sin vida. Levantaba los pies y los volvía a apoyar en la acera a modo de rutina, sin mirar a nadie, sin esperar nada, sin querer nada, sin sentir nada. Ya había vivido lo equivalente a 80 años, estaba cansada, agotada, así que esperaría a que su propio cuerpo cumpliera la condena.


Porque aprender duele... Y mucho.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Tan claro como nada

Me asusté un poco, no voy a negarlo, el día en que me dí cuenta que ya no le echaba de menos.
Mi vida seguía casi por completo sin recurrir a su imágen ni un sólo segundo. Sí, me asusté. No por no recordarle, que también, sino por la amargura que me invadió al pensar que yo era, había sido y seré olvidada de la misma manera.

Él había sido el mayor amor de mi vida, el que me venía a buscar después del cole, el que me subía al carrito de la compra nada más llegar al súper, el que me metía en la bañera y me dejaba hasta que se me arrugasen los dedos por completo, el que finjía sacar gominolas de mis orejas y enfadarse cuando escupía toda la sopa en un ataque de risa.

Él era eso y mucho más... Hasta que se fue. Y al final acabó siendo para mí igual de necesario que absolutamente nada. ¿Recuerdos? Sí, no voy a mentir, recuerdos guardo muchos, aunque la nitidez va desapareciendo con los años como es lógico, pero es la esencia de ellos lo que me permite imaginarle.
Sin embargo no son indispensables estos recuerdos. Los minutos, las horas, los días, los meses y los años pasan en mi vida sin importarle a ésta lo que se va quedando atrás y lo que continúa, es como una especie de apisonadora gigante que deja a su paso millones de cadáveres en vida.

Pero no es directamente proporcional la importancia que desempeñan las personas en la vida de uno y el grado de dispensable que éstas puedan llegar a ser, sí podría serlo el tiempo que tardan en llegar a serlo, pero jamás el grado.
No importa lo importante que alguien haya sido, sea o vaya a ser. Porque al final... Será siempre prescindible.

martes, 9 de agosto de 2011

We couldn´t have it all

Control Z.
Y en cuanto sus pies tocaron el suelo de esa nueva tierra, separada de su origen por unos siete mil kilómetros, algo inexplicable recorrió todos sus sentidos. Ahora era una nueva persona, una persona a quien nadie conocía, era una chica de veinte años sin pasado.
Cada vez que salía de vacaciones era una nueva historia, similar al mismo tiempo que la anterior.
Se paseaba desnuda por la calle, imitando todo lo que otros visitantes hacían allá lejos donde ella vivía, saltaba en cada charco, se bañana en cada fuente, bailaba a cada paso, a cada nota musical. Vivía como si nunca hubiera hecho nada de eso, como si aprendiera una y otra vez lo que es el agua, el movimiento de los músculos, el alcohol, el sexo y la música.
Aprendió también a asumir quién era, si esque era alguien, a hablar sin remordimientos de lo que pensaba, de lo que sentía y de lo que soñaba...
Idas y venidas, conversaciones y bailes, alcohol y música, y siete días después era también para esa ciudad una chica conocida, tan conocida como lo era para su casa, sus vecinos, su familia...

Así que, asustada, se marchó corriendo, lejos... A pisar tierra en otra ciudad que no la conociera, a aprender de nuevo todo lo que ya sabía, a resultar mágicamente desconocida, a sentirse libre...

Sin embargó llegó, ese día en el que todo lo aprendido desapareció, la chica desconocida que ya era conocida por todas las ciudades del mundo se evaporó con todo eso que tantas veces había conocido y finjido desconocer... Y de ella sólo quedaron los restos... Había un poco de Europa en ella, sí, familiares y amigos consiguieron identificar ese poco, pero también residía un tanto de América, de Oceanía y de Asia en su pequeño cuerpo... También cada uno de los familiares, amigos y amantes de estos continentes pudieron atisbar las huellas que cada uno habían dejado en ella, o en lo que quedaba de ella...

Pasó toda su vida huyendo, pero, pasó toda su vida siendo feliz.
¿He dicho su vida? Quizás sea más correcto hablar de sus vidas...

domingo, 10 de julio de 2011

Transiciones

"Abre los ojos" me digo cada vez que el suave traqueteo del tren me juega una mala pasada. La última vez que me quedé dormido no hubo manera de convencer a ese "reloj humano" del que todos hacen alarde y me salté mi parada, con todo lo que eso conlleva.
Así que ahí estoy, en el último vagon, con un libro abierto por una página que ni reconozco, y luchando prácticamente a muerte por no caer en brazos de Morfeo. Lo intento todo... Y lo vuelvo a intentar. Centrarse en el libro es lo más difícil, llevo casi media hora pasando hojas que mis ojos leen pero mi mente no procesa, me he perdido hace ya un capítulo y leer a partir de algo que no sé ni de qué habla me resulta increiblemente aburrido.
También probé con mirar por la ventanilla y pensar en todos esos sitios que voy dejando atrás, pero... La rutina del viaje ha conseguido estropear también esa opción.
No, ya estoy convencido, no hay manera posible de permanecer despierto media hora más, así que me rindo y dejo que mis ojos se cierren, poco a poco, disfrutando del placer del que se sabe abandonado al deseo más profundo.
Y en el último momento, quizás el último segundo, no lo sé, entró ella. Se acabó. Ya no deseaba dormir.
Se sentó en frente de mí y yo la miré de refilón como con miedo a asustarla, a que me creyera de esos hombres que van por ahí mirando a niñas. Pero no, yo no era así, y ella tampoco.
Mi mirada intermitente conseguía en ella una tímida sonrisa, sí, sin duda esa sonrisa era para mí. Esa sonrisa era completamente mía, estaba hecha a medida, pensada, calculada, y con el tiempo mejorada.
Entonces la imaginé conmigo en la cama, fumando un cigarro boca arriba mientras estiraba las piernas y las encogía, fruto de la gran inquietud que la poseía, y me hablaba de ésto y de lo otro y yo la miraba desde el otro lado absorto en sus mejillas, en su ombligo y en su boca.
Y la imaginaba también en aquel café de en frente de mi casa, el de los toldos verdes y las mesitas naranjas, burlándose de mi insuperable adicción a la cafeína mientras acababa de un trago con un zumo.
Y esos besos imaginarios que me regalaba en frente del quiosco cada mañana, esos besos que sabían a azúcar y mermelada de fresa, esos besos que yo nunca le pedía pero que no fallaban.
Sin olvidar las noches de fin de semana en las que mi imaginación nos hacía quedarnos en casa, y ella se paseaba en bragas por el pequeño salón mientras bailaba cualquier canción que encontrara en la radio, y yo la miraba hipnotizado desde el sofá, como quien observa el espectáculo más increible del mundo, absorto en sus caderas y en la luz que desprendía su pelo con cada movimiento.

Y en todos y cada uno de los pasajes ahí estaba esa sonrisa, mi sonrisa.

Mi parada llegó entre bailes y besos, me levanté y andé hacia la puerta sin mirarla. Y un segundo antes de poner el pie en el suelo me giré, la miré y me miró, y entonces vi pasar por sus pupilas el reflejo de todo lo que yo había imaginado, me sonrió y recordé.

lunes, 20 de junio de 2011

Nunca la imperfección fue tan perfecta

Miraba al horizonte mientras hablaba, mientras susurraba.
Siempre tan valiente, tan valiente como podemos serlo todos, siempre que no le gustaba lo que estaba diciendo.
-Me voy- y su cara se llenó de gestos indescifrables, como el que no encuentra en su propia voz ni un ápice de sí mismo.
-Vale- no encontré nada mejor que decir.
Él giró la cara por primera vez incrédulo por mi escueta respuesta, me miró a los ojos una última vez y dijo:
-No vas a preguntarme porqué ¿verdad?-
Yo ya sabía porqué, siempre miraba lejos cuando hablaba... Pero le mentí, haciéndome la ofendida y la enfadada, aunque he de reconocer que no se me dió muy bien.
-No me interesa saberlo, te vas... Ya está-
Entonces él volvió de nuevo su mirada al infinito, donde siempre había estado, se levantó y comenzó a andar mientras yo le observaba abrirse paso entre los matorrales. Caminó largo rato hacia el horizonte y yo le observé ese largo rato marcharse.
Mi mirada quedó entonces condenada al infinito, y en ese momento me sentí él, le comprendí, me llenó y le llené.
Lástima que fuera tarde...

viernes, 22 de abril de 2011

Tres veces y una piedra

Aún me acuerdo de ese día. El timbre sonó diferente, la simple melodía recorrió cada uno de mis sentidos como si de una suave sinfonía se tratara. 

Recuerdo mis pasos inseguros y mi mano tomando el picaporte. La puerta se abrió y allí estaba ella… Su largo pelo negro deslizándose como lluvia por sus hombros desnudos, sus verdes ojos suplicantes de perdón, esos insinuantes labios que años atrás habían moldeado todo mi cuerpo…  Sí, era ELLA.
Permanecí callado en el marco de la puerta, observando la poca luz que había en sus pupilas, leyendo y descifrando cada palabra silenciosa que salía de ellas. Masticaba lentamente cada una de las letras y sílabas que emitían, las tragué a duras penas, sintiendo cómo se atascaban en la laringe de vez en cuando, a lo que mi boca respondía generando una cantidad excesiva de saliva.





Pasaron horas, quizás minutos o segundos. Ella me miraba y yo leía y masticaba. Al final se formó en mi estómago un nudo de palabras y bilis envenenado por los dos años de ausencia y silencio. Escapó, escapó como lo hace el hipo incontenible en mitad de una boda, el nudo salió de mí sin avisar, sin contemplaciones, sin calentamiento, sin más, salió. Y me escuché a mi mismo susurrando oraciones al aire, frases de reproche y reclamo enredadas con resquicios de alivio y melancolía. En realidad no llegué a entender nada de lo que dije, pero lo dije todo, y ella escuchó paciente, absorbió todos y cada uno de los golpes, los bajos y los altos, se dejó herir todo lo dentro que pude clavarle mi afilado cuchillo. Y no se defendió. No se movió. No habló. No corrió. No me tocó. Ni siquiera parpadeó.
Sólo movió la boca para dibujar tres palabras que apenas pude oír,  “¿Me dejas entrar?”. 

No, no, no y no. Y mientras pensaba en qué contestar y cómo reaccionar, mi cuerpo ya se había movido lentamente hacia dentro, dejando el espacio suficiente para que ella pudiera entrar. 

En cuanto traspasó el marco de la puerta todo cambió. Parecía reinar una anarquía incontrolable dentro de la casa, las mesas decidieron hacer caso omiso de la ley de la gravedad y flotaban a sus aires por la cocina y el comedor. La cama se pegó al techo, las sillas volaban alrededor de la mini cadena, las estanterías jugaban a intercambiarse libros de una planta a otra… Y a mí me daba igual.

Aún me acuerdo de ese día…

jueves, 21 de abril de 2011

Adiós

Hola David,

He dudado mucho en si escribirte o no. He dudado en que te diría si me decidía finalmente a hacerlo y aquí lo tienes.
En realidad no tengo mucho que decir, han pasado cuatro años, creo que ya no soy la Paula que conociste ni tu el David a quien yo insultaba. Creo que ha habido tiempo de reflexión y de lo que no es reflexión.
Tengo muchísimas más preguntas que respuestas, ¿porqué escribiste una primera vez? ¿y la segunda?
David, tú y yo jamás nos quisimos, nunca nos amamos, no vivimos ningún tipo de romance. El amor es algo más que una mirada, que una llamada, que un juego verbal. Sí es verdad que podríamos habernos querido, podríamos haberlo intentado al menos, pero no lo hicimos y eso es lo que cuenta. Tú elegiste y yo acepté, aunque tu elección viniera impresa con tinta en un papel arrugado que llegaría días más tarde de mi última conversación contigo. Esa es otra pregunta, ¿por qué no usas el mail como todo el mundo, por que te empeñas en ser diferente hasta cuatro años después?
Siento lo de Marta... Bueno juré que en este correo no mentiría, no lo siento. Estás loco, siempre lo has estado, y pretendes hacer uso de la poca cordura que te queda en el peor momento... Elegir por seguir un comportamiento que no te caracteriza, elegir por pereza, por cobardía y por comodidad. No, no lo siento, me alegro.

En cuanto a si estoy sola o acompañada... Creo que dejaste de tener acceso a ese tipo de información en cuanto deslizaste ese sobre por el buzón hace cuatro años. Estoy muy contenta si es lo que quieres saber.
Por lo demás... Nose David, creo que no hay más que debamos saber el uno del otro. Siempre seremos lo que podríamos haber sido, y eso ya no puede cambiarse, y lo que a tí te pasa es que estás obsesionado con la idea. No me quieres, estás cegado por el ideal que has construido sobre lo que un día pudimos ser y no elegiste. Sólo tienes que imaginar que hubieramos sido muy desgraciados, yo todo el día metiéndome con esa camiseta que te ponías de chiste barato, la manera que tenías de llamarme Pau que tanto me irritaba, la continua discusión política, los k.o, y yo preguntandome día a día por qué cama te estarás paseando, o de quien te apetece encapricharte ahora.

Ahora sí que eres adulto, ahora es el momento de empezar a actuar como tal y a hacer uso de esa poquita cordura que a veces tienes. Céntrate, olvídate de mi y empieza de nuevo con cualquiera otra Paula que encuentres en tu camino.
Adios,
Paula.

P.D: No te perdono David, lo siento.

lunes, 18 de abril de 2011

Cuatro años

Querida Paula;

Sé que ha pasado mucho tiempo. Exactamente 2102436 minutos desde la última carta que te escribí, a la cual no contestaste, y no te culpo... No pretendo dar una explicación convincente, pretendo más allá de eso, hacer una confesión egoísta.
Llevo la mitad de esos minutos imaginándote, soñándote, acariciándote, desnudando un cuerpo que no he visto, creando una vida que nunca viví.
¿Dónde estás Paula? ¿Quién te abraza por las noches? ¿Con quién entrenas ese arte venenoso que encierran tus palabras? ¿A quién rozan tus manos deliberadamente Paula?
Yo ya no estoy con Marta, me dejó... Se cansó de mi continuo ir y venir con esta y con aquella... Lo jodí todo. Contigo, con ella y conmigo mismo. Desde que te escribí esa carta intenté con todas mis fuerzas centrarme en mi vida de adulto, en mi vida seria, en mi vida de persona madura, en mi vida de futuro, en mi vida sin ti... Pero no pude, creo que una parte de mí se quedó en aquella carta, contigo. La otra se quedó aquí, tirada en la cama de cualquier chica que no fuera Marta. Ella no era suficiente para olvidarte. Ni ella ni ninguna de las otras.
Todavía me queda el consuelo de pensar que hay un trozo de mí contigo, viviendo la vida que debí elegir vivir hace cuatro años. O al menos creer que lo ha intentado.
¡Qué estupidez más grande creer que somos mayores…! Que estupidez más grande…
Sólo quería confesar que me arrepiento. Me arrepiento hasta límites inimaginables, créeme. Sé que estarás bien, sola o acompañada, aunque más probablemente lo segundo. Y sé que yo estaré así lo que me quede de vida, pasando cada minuto restante como los 2102436 anteriores. Sólo te pido que me des un respiro… Déjame al menos coger fuerzas para asimilarlo. Dame al menos una palabra. Un perdón, un quizás, un nunca, un te odio, un te he querido, un adiós, un hasta luego, un fin, un algo…
Un beso, o dos, o tres, o cuatro, o dos millones ciento dos mil cuatrocientos treinta y seis. Acéptame al menos eso.
Te sigo queriendo,
David.

lunes, 11 de abril de 2011

Perdón

Hola Paula:

En primer lugar discúlpame por la cobardía de no decirte estas palabras a la cara, de saber que es más fácil el hacerlo así y no ver tus ojos al leerlo.
Quiero que sepas que ha sido contigo con quien he pasado el mejor tiempo de mi vida, incluso sabiendo que nunca hemos pasado del simple abrazo, del roce de unas manos inocentes al simular un combate de boxeo, del insulto torpe que emitía mi boca cada vez que te burlabas, de las discusiones eternas por lo moralmente correcto, de las llamadas telefónicas a las tres de la mañana confesando delirios inconfesables.
Y saber que el mero hecho de no haber entre nosotros nada más que esos simples detalles me destruía por dentro, saberlo y no poder decirlo ha sido y sigue siendo a su vez el detonante de todo. El detonante de la magia que siento entre nosotros, de que todas las noches me vaya a la cama con Marta y no pueda sino pensar en tí, de lo culpable que me siento mirándote y deseando que te acerques demasiado, que me toques, que me beses, que todo. El detonante de esta carta al fin y al cabo.

Paula, me estás matando.
Ella no se merece esto, ella me ha dado siempre todo lo que ha podido, todo lo que he pedido y... Ella no se merece esto. No tiene la culpa de que sean tus labios los que imagino cada vez que cierro los ojos, de que seas tú la persona con la que me acuesto cada noche, de que sean esas llamadas tuyas a las tres de la mañana las que espero, de que yo te quiera incluso sin haberte besado.

Sé que todo esto que te cuento tú ya lo sabes, sé que los dos lo sabíamos y nos callábamos por miedo a que acabara, por miedo a que algún día alguno de los dos escribiera esta carta. Pues aquí esta, con todas sus consecuencias. Con ella se acaban los abrazos, los combates, las discusiones, las llamadas, las miradas, las risas… Con ella se acabó todo lo que ni siquiera ha empezado.
Quiero seguir con mi vida, tengo casi 30 años y aún parece que me guío por los instintos de cuando tenía 15. Tengo que arreglarlo con Marta… Se lo debo, me lo debo y también a ti te lo debo.
Te quiero Paula, pese a mis intentos por no hacerlo te quiero demasiado, y eso nunca fue bueno para nadie.
Espero que algún día puedas perdonarme. Cuídate mucho.
David.
PD: nunca olvidaré los sueños.

domingo, 27 de marzo de 2011

Humo

Me encanta cuando sonríes. Cuando tomas cada uno de mis dedos e inventas una pequeña historia para ellos. Cuando te enfadas y hablas para tí solo. Cuando me besas despacio, y cuando lo haces rápido.
Me encantan los cinco minutos en la cama después de que suene el despertador. Y el suave mecer de tus manos cuando agarran las mías.
Los paseos, las comidas, los bares, las mañanas, los deseos, las pasiones, los amigos, las amigas, los quéhaceres, las emociones, los bajones, las subidas, los besos, las caricias...
Y todo desaparece como el humo.
Y aparece de nuevo entre susurros.

Te quiero siempre, pero sólo cuando estas conmigo.

lunes, 21 de marzo de 2011

Saliva

Su continuo pasear entre el presente y el pasado de mi memoria. Sus carteles adheridos a cualquier rincón de mi corazón. Sus sueños, confundidos con los míos muy muy lejos de aquí.


Y todas las promesas incumplidas, allí donde quedaron los sueños, muy lejos de aquí...

lunes, 14 de marzo de 2011

Mañana

Siempre será tarde para empezar de nuevo. Siéntate y espera, ancláte al tiempo como el moribundo se ancla a la vida.
Sólo el latir del corazón te confirma tus peores temores, sigues aquí, o al menos así lo hace tu cuerpo. Viaja por cada rincón y tú la sientes, cada vez más viva, ¡qué ironía!, cuando tú te sientes cada vez más muerta.
No me toques, dice cada vez que me acerco. Tiene miedo. No quiere contagiarme.

Pero su enfermedad no se contagia...