Llegó a casa y dejó las llaves en la entrada, como hacía siempre. Se quitó los zapatos y los tiró bruscamente sobre la alfombra. ¿Para qué recoger? Su vida era exactamente igual que su casa, un desastre.
Rutina diaría. Se tumba en el sofá unos pocos minutos para procesar toda la información que acumulaba su cerebro. Enciende el ordenador y pone música, sube el volúmen, aún no está lo suficientemente alta. Traslada el ordenador hasta la cocina, donde comienza a sacar bolsas y bolsas de congelados mientras mueve la boca sin hacer ruido al ritmo de la canción.
Todavía no hemos escuchado su voz. No sabemos si canta bien o canta mal, si tiene un tono armónico o si es arrítmica. No sabemos nada, pero lo sabemos todo. No, mentira... No sabemos nada. Eso es lo que a ella le gusta, que nadie sepa nada. Nos proporciona datos aleatorios y vanales, pero nada más.
Cocina al ritmo de una lista de reproducción que deja bastante que desear y sonríe por dentro. Cena en silencio, de cara a la pared, observando apenas sin pestañear su propio y poco nítido reflejo.
Enciende la ducha y la deja correr esperando a que arda, quemar no es suficiente. Se desviste lentamente mientras se analiza meticulosamente al espejo y se cubre todas las zonas que le permiten sus pequeños brazos.
Se mete entre las cortinas y se desliza hasta quedar sentada sobre el plato de la ducha y deja que el agua caiga sobre ella a su antojo. Cierra los ojos e imagina. Imagina estar muy lejos, ser otra persona. Imagina el placer de permanecer allí toda la vida, y se le antoja una sensación dulce. Se le ocurre que eso es precisamente lo que tienen que sentir los niños antes de nacer. Ese placer calentito, esa seguridad infundada, esa levedad, esa profunda ingravidez.
Pero todo termina y el placer acaba. Sus minutos de descanso se han agotado por hoy, al igual que su fortaleza y su semblante.
Y por fin, después de ese horrible día, después de esos horribles años, se acuesta. Quita los dos cojines de la cama y los lanza hacia la otra punta de la habitación. Se pone el pijama con suavidad y con cariño. Levanta la almohada y alcanza el edredón. Tira de él hacia un lado y deja al descubierto una desgastada sábana blanca.
Se tumba y se tapa hasta arriba procurando no dejar ni un solo hueco por donde pase el aire. Frota los pies un rato hasta que los nota calientes y para. Se queda quieta unos minutos tumbada en posición fetal mirando a alguien que no la acompaña. Abre la boca y articula una palabra que no suena para nadie. Estira el brazo y acaricia el sitio vacío. Se incorpora y corre a buscar uno de los cojines que ha apartado previamente. Se mete con él en la cama y lo tapa con el edredón mientras le pasa un brazo por encima y lo aprieta contra su vientre.
Apaga la luz. Sin cerrar los ojos ahora mira hacia el vacío, sin pestañear, sin apenas respirar, como quien concentra todas sus facultades en algo. Su cara no tiene expresión alguna. Y de pronto brota de su ojo izquierdo una sola lágrima. Y dos. Y tres. Y ningún músculo de su cuerpo se estremece. Y cuatro. Y cinco. Y sus dedos se agarran con fuerza al cojín, y sus piernas se encogen un poco más. Y sus pies se mueven inquietos entre las sábanas.
Y ella cierra los ojos sin que nadie la vea. Y llora en silencio sin que nadie la escuche. Sin que nadie le pregunte. Sin que a nadie le interese.
Mentira. A alguien le importa. Pero no está. Ella nunca quiso que estuviera.
Y cierra los ojos. Y amanece. Y ella no despierta. Y nadie lo sabe.
Eso es lo que a ella le gusta... Que nadie sepa nada...
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