miércoles, 30 de diciembre de 2015

2015, adiós

Se acaba el año 2015 y aunque suene tópico típico o típico tópico esta vez sí que quiero hacer un repaso “en voz alta” sobre estos 365 días.
Me acuerdo como si fuera ayer de cómo empezaba el año, con la vida haciendo alarde de lo bien que es capaz a veces de tomarnos el pelo, en general a todos y en concreto a mí. Quizá por pedirle demasiado, quizá por pedirle lo incorrecto o quizá porque a veces la vida de la vida es tan sumamente aburrida que no puede dejar pasar la oportunidad de reírse un poco a nuestra costa.
El caso es que partiendo de una frustración puntual concreta y no pequeña empecé el año nuevo (que ahora ya es viejo) con la única intención y esperanza de que mejorara. Y lo hizo. A ratos. La vida sólo sabe hacer cosas a ratos, porque se aburre si todo va bien o mal demasiado tiempo. No podía, de manera alguna y de ninguna manera, acabar este año sin:
· Tropezar diez veces más con la misma piedra con la que he tropezado ya otras quince. 
· Encontrar nuevas piedras.
· Encontrar algo más que frustración al final de un túnel laboral.
· Acabar un máster orgullosamente.
· Hacer los kilómetros justos del Camino de Santiago para que se considere camino y no paseo y que fuera lo mejor de mi año.
· Poner en práctica aquello que tan bien sonaba cuando nunca hizo falta usarlo y que decía algo así como “las personas que estén conmigo que estén porque quieran y los que no hay que dejarlos marchar”. Y darte cuenta de que es difícil y al amor propio no le gusta nada. 
· Aceptar que estás más perdida que un pulpo en un garaje y no hacer un drama de ello.
· Aprender demasiadas cosas para listarlas. Pero, sobre todo, si tengo que elegir alguna, aprender con alegría que cinco años no son tantos y que hay pocas cosas que se queden en el tintero emocional. 
· Descubrir nuevos sitios increíbles dentro de la geografía española.
· Aprender a hacer surf.
· Coger dos aviones cada semana durante un mes y darte cuenta de que tampoco es para tanto.
· Llorar muchas veces, pero reír muchas más.
· Empezar a ver Juego de Tronos muy a mi pesar al principio (y ahora también).
· Apuntarme e IR al gimnasio.
· Y sobre todo aprender que cada uno de nosotros actúa y piensa sólo como cada uno de nosotros y no se puede esperar de otra manera.
El caso es que partiendo de una frustración puntual concreta y no pequeña empecé el año nuevo (que ahora ya es viejo) con la única intención y esperanza de que mejorara. Y lo hizo. A ratos. La vida sólo sabe hacer cosas a ratos, porque se aburre si todo va bien o mal demasiado tiempo. No podía, de manera alguna y de ninguna manera, acabar este año sin que terminara mucho mejor de lo que empezó :). 
Así que estoy dispuesta a lidiar con el hecho de que 2016 empezará como le dé la gana. No pienso ni por un momento caer en el error de la “caja de los deseos de 2016”, ah no no… Una y no más.
*Y al 2016 sólo le pido que empiece bien :) 
**Y que a ratos vaya mal… 
***Pero sobre todo que vaya bien… Más ratos bien… 

viernes, 14 de agosto de 2015

Recuerda


Me he cansado de esperar a que vuelva
lo que hace ya tiempo que sé
que no
va
a
volver.

La inocencia, como alguna otra cosa,
es algo que sólo perdemos una vez.
Ganamos, sin embargo, otras cosas,
como el placer
de
saber.

Aunque joda.

(Y joder si jode)



martes, 28 de julio de 2015

Borrador

Y todo lo que nunca quiso que supieran cupo en tan pocas palabras en su boca que el solo gesto de volver a abrirla truncó para siempre todos sus "para siempre".

Un hoy, hace dos años

Me cansé de esperar a los domingos para quererte,
y a los miércoles para que tú me quisieras.

Dejé de mirar hacia atrás sólo cuando el viento
empujaba fuerte hacia delante.
Y al final se me quedó toda la vida desencajada
en dirección opuesta a mí misma.

Pero después de todo he aprendido a aprender
que me da pena
toda la que ahora espera a los domingos para quererte,
pero mucha más aquella que espera a los miércoles
sólo
para que la quieras.

Como el que ansía agosto cuando llega septiembre...

lunes, 4 de mayo de 2015

Felicidades atrasadas

Ella es de esas mujeres que cuando dice que no es que no y punto. Pero y punto y final, no y punto y seguido.
Por supuesto nada de puntos suspensivos.
Ni de punto y aparte.
Punto y final.

Ella sabe llorar por dentro sin que se note por fuera, y sorber la pena raspando el esófago. No me lo dice nunca, pero a veces sé que escuece.
También es experta en verme llorar y preguntarme, sin que le sirva mi respuesta. Porque de ella aprendí que nunca se llora por nada. Que si te buscas por dentro, siempre encuentras.
Que aunque ella no se parece en nada a mí, y yo soy una blanda, pese a eso, me enseñó a pensar en todo lo que pasa.

Ella es un cúmulo de fuerza que a veces me pregunto cómo ha sobrevivido a tanta tempestad y a tanta calma. Sin apenas arrugas en los ojos.

No es de las que necesitan una llamada cada día o un beso cada noche. Ni de las que no duermen esperando a que vengas.
Ella es de las que te deja que te equivoques, que te tropieces y que te enfades hasta reventar, para poder luego abrazarte sin siquiera un "te lo dije".
Creo que sabe, nunca me lo ha dicho, que la vida consiste en vivir, y que para vivir hay que caerse muchas veces. Hay que caerse, SOLO, muchas veces.
Y yo creo que sabe, nunca se lo he dicho, que aunque las cosas no siempre me salgan como lo dibujé en mi mente, agradezco la libertad plena a equivocarme que me ha dado.

Ella es el pragmatismo en persona, que achaca a la antítesis del síndrome de diógenes.
Lo tira todo. Todo lo que no vale.
Y yo lo guardo todo. Guardo todo lo que no vale.
Supongo, de nuevo, que tiene un almacén entero de recuerdos entre conexiones neuronales, y que es capaz de asumir el fin de cosas que no se guardan en tickets de metro.
A mi con ella me pasa lo mismo. Me sería imposible guardarla en ningún papel - recuerdo.

Creo que no hay persona a la que más admire, aunque sepa muchas veces que se equivoca.
No hay persona que más me importe. No hay juicio que más me duela.

Y aunque con palabras se lo digo pocas veces (no recuerdo ninguna) y en cierto punto hasta nos incomoda,

Te quiero
Mamá

jueves, 12 de marzo de 2015

One, two, three... Go!

Salió a correr cuando estuvo lista.
Y se dio cuenta de que estaba lista cuando salió a correr.

Gracias al tiempo por lo que nos da a cambio de quitarnos vida.

miércoles, 28 de enero de 2015

Un café y tres de azúcar

La cucharilla se movía elegante entre ese líquido al que se atrevía a llamar café con leche. Cada vez que pasaba rozando el cristal del vaso se alejaba rápidamente temiendo el calor que desprendía. Siempre en el mismo sentido, siempre al mismo ritmo.
Manuel saca la cuchara, se la mete despacio en la boca para evitar que gotee y la hunde en seguida en el bote de azúcar, ese que ella siempre sabía distinguir del de la sal porque "está claro, tiene tapa de bote de mermelada". Él debía ser idiota, porque no entendía el símil.
En fin, Manuel echa una cucharada de azúcar en el café y repite un par de veces el mismo gesto, hasta conseguir la cantidad de azúcar deseable para una buena úlcera.
"Tres de azúcar por favor" es lo primero que la escuchó decir, y lo último que recuerda de ella. Es insoportable la hora del café, insoportable el "clin, clin" quejicoso del vaso a rozarlo con el metal, insoportable el sabor, el olor, su sabor, su olor, sus besos, sus manos, su pelo en la almohada, su cepillo de dientes en el baño y sus bragas en el tercer cajón del armario.
Era un delirio su recuerdo imborrable escrito dentro de esas tres cucharas de azúcar que desde entonces no perdonaba nunca. Era su momento con ella, sus quince minutos al día de "buenos días", "¿cómo has dormido hoy?", "¿tres de azúcar?", "¿me perdonas?", "¿me devuelves mi vida, mis recuerdos, mi karma, mi serenidad, mis lunes, mis martes, mis miércoles, mis jueves, mis viernes, mis sábados y mis domingos?", "¿y si te pido sólo los domingos?".

- ¡Señor Gonzalez! - Levanta con sobresalto la cabeza del café por primera vez en veinte minutos.
- ¿Eh?
- Le pregunto, señor González, que porqué la mató.
- Ella me mató primero...

domingo, 25 de enero de 2015

Ninguna parte

Siempre supieron que iban a ninguna parte.
Y aquel ninguna parte será el lugar donde se reencuentren cuando, solos y heridos por haber buscado el "alguna parte" con los ojos huecos, huyan a esconderse.

Deseando, sin saberlo, acabar con ella en ninguna parte.

domingo, 18 de enero de 2015

Una historia bonita, parte 2

Él tenía un trabajo, uno de esos en los que los padres están orgullosos de sus hijos aunque sus hijos no estén orgullosos de ellos mismos. Al final eso pocas veces importa, porque lo que cuenta es la admiración externa, nunca suma la propia.
En fin, que él tenía un trabajo, también tenía una casa donde vivir y comida que comer. Todo era seguro, tan seguro como que vivía en Madrid, se levantaba a las siete y media, cogía el autobús de las ocho y cuarto y a veces (pocas) me lo cruzaba de vuelta a casa en el metro.

Yo pensaba en él como el chico de las mil barreras, de los "no me enamoro" o "no te enamores" más constantes de los que había escuchado nunca. Y aunque quedaron atrás pronto, para mí él siempre fue eso.

Un día, el primero, le vi en el andén de la línea 10 en el infierno de cambio de Tres Olivos. Entiendo su sorpresa al verme, vestida para uno de esos trabajos en los que los padres están orgullosos de sus hijos, y sus comentarios sobre el cambio de la vida y las personas. Él estaba igual. Los años no pasaron para él, con la única diferencia de que no parecía feliz.

Tras una pequeña introducción de cortesía que iba desde el qué tal te va hasta el recuerdo de un par de momentos del pasado que ambos creíamos olvidados, me dijo:

- He conocido a alguien - Vaya... Sí que tenía ganas de soltarlo.
- Ah, ¿sí? ¿Y qué tal?
- ¡Bien! Muy bien...
- Peero....
- ¿Cómo sabes que hay un pero?
Sonrío, - Esa cara siempre va seguida de un pero -
- Sí. Se va
- ¿A dónde?
- A su país
- ¿Por qué?
- Aquí no consigue trabajo y creo que le apetece volver con su familia
- ¿Y tú?
- ¿Yo qué?
- Que si tú te vas... Con ella
- No, claro que no...

Y lo siguiente que sé es que él deja su trabajo de contrato fijo, sus padres ya no están orgullosos de él, él hace la maleta, compra un billete de avión, respira hondo y... Se marcha. A un país en el que no tiene trabajo, en el que no habla la lengua oficial, en el que no tiene familia, ni amigos.
Y entonces despierta en mí la admiración más profunda del que arriesga una vida entera por algo que quiere. Y sé que, conociéndole, ha sido lo más valiente que de momento conozco.

Es por eso por lo que muchos días pienso en él, y espero con mucha fuerza que le salga bien y que le de fuerzas para seguir siendo valiente, para poder seguir viviendo de verdad.

(Un beso. Muchos besos. Te mereces que todo te vaya bien, porque la vida es para los que arriesgan)

domingo, 11 de enero de 2015

Revivir es así

Remito mis nuevos ataques a viejos recuerdos. Me doy cuenta de que cuanto más cargo contra ti en realidad más estoy cargando contra mí mismo y el peso de toda la mierda que llevo en esta mochila que suma y suma cada año.
Si hubiera sabido lo que sé ahora, y por el contrario ahora supiera lo que sabía entonces, tan sólo lo que sabía entonces... Si así fuera entonces quizás hoy no me bloquearía el miedo a que te fueras y preferiría la insensatez de andar sobre un tejado en ruinas por llegar hasta algún lado contigo. Si los recuerdos no existieran, la vida no dejara huellas y al cerrar los párpados sólo encontráramos vacío, entonces quizás podría decirte con palabras lo que sé que me intuyes cuando me miras directamente a los ojos.
Si sólo hubiera "ahora" sin la existencia del "antes" probablemente no retrocedería tanto por cada paso que avanzo, te diría las verdades sin tapujos, como haría mi yo del "ahora" cuando era "antes", te compraría un libro y te lo regalaría con una de esas dedicatorias que no se olvidan, dejaría de lado la jodida visión pragmática de las cosas que no deberían meditarse y te prometería la luna aunque supiera que no puedo alcanzarla.

El problema es que no existe un "ahora" separado de un "antes", que la vida deja heridas imborrables y que cuando cerramos los ojos aparecen fantasmas que me susurran el riesgo de ir a buscarte, de regalarte un libro o de colmarte de las verdades sin tapujos que en el fondo mereces.

No cabe nada en cajas cerradas.Y yo, sinceramente, quiero abrirte todas mis ventanas.