Aún me acuerdo de ese día. El timbre sonó diferente, la simple melodía recorrió cada uno de mis sentidos como si de una suave sinfonía se tratara.
Recuerdo mis pasos inseguros y mi mano tomando el picaporte. La puerta se abrió y allí estaba ella… Su largo pelo negro deslizándose como lluvia por sus hombros desnudos, sus verdes ojos suplicantes de perdón, esos insinuantes labios que años atrás habían moldeado todo mi cuerpo… Sí, era ELLA.
Permanecí callado en el marco de la puerta, observando la poca luz que había en sus pupilas, leyendo y descifrando cada palabra silenciosa que salía de ellas. Masticaba lentamente cada una de las letras y sílabas que emitían, las tragué a duras penas, sintiendo cómo se atascaban en la laringe de vez en cuando, a lo que mi boca respondía generando una cantidad excesiva de saliva.
Pasaron horas, quizás minutos o segundos. Ella me miraba y yo leía y masticaba. Al final se formó en mi estómago un nudo de palabras y bilis envenenado por los dos años de ausencia y silencio. Escapó, escapó como lo hace el hipo incontenible en mitad de una boda, el nudo salió de mí sin avisar, sin contemplaciones, sin calentamiento, sin más, salió. Y me escuché a mi mismo susurrando oraciones al aire, frases de reproche y reclamo enredadas con resquicios de alivio y melancolía. En realidad no llegué a entender nada de lo que dije, pero lo dije todo, y ella escuchó paciente, absorbió todos y cada uno de los golpes, los bajos y los altos, se dejó herir todo lo dentro que pude clavarle mi afilado cuchillo. Y no se defendió. No se movió. No habló. No corrió. No me tocó. Ni siquiera parpadeó.
Sólo movió la boca para dibujar tres palabras que apenas pude oír, “¿Me dejas entrar?”.
No, no, no y no. Y mientras pensaba en qué contestar y cómo reaccionar, mi cuerpo ya se había movido lentamente hacia dentro, dejando el espacio suficiente para que ella pudiera entrar.
En cuanto traspasó el marco de la puerta todo cambió. Parecía reinar una anarquía incontrolable dentro de la casa, las mesas decidieron hacer caso omiso de la ley de la gravedad y flotaban a sus aires por la cocina y el comedor. La cama se pegó al techo, las sillas volaban alrededor de la mini cadena, las estanterías jugaban a intercambiarse libros de una planta a otra… Y a mí me daba igual.
Aún me acuerdo de ese día…
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