Me asusté un poco, no voy a negarlo, el día en que me dí cuenta que ya no le echaba de menos.
Mi vida seguía casi por completo sin recurrir a su imágen ni un sólo segundo. Sí, me asusté. No por no recordarle, que también, sino por la amargura que me invadió al pensar que yo era, había sido y seré olvidada de la misma manera.
Él había sido el mayor amor de mi vida, el que me venía a buscar después del cole, el que me subía al carrito de la compra nada más llegar al súper, el que me metía en la bañera y me dejaba hasta que se me arrugasen los dedos por completo, el que finjía sacar gominolas de mis orejas y enfadarse cuando escupía toda la sopa en un ataque de risa.
Él era eso y mucho más... Hasta que se fue. Y al final acabó siendo para mí igual de necesario que absolutamente nada. ¿Recuerdos? Sí, no voy a mentir, recuerdos guardo muchos, aunque la nitidez va desapareciendo con los años como es lógico, pero es la esencia de ellos lo que me permite imaginarle.
Sin embargo no son indispensables estos recuerdos. Los minutos, las horas, los días, los meses y los años pasan en mi vida sin importarle a ésta lo que se va quedando atrás y lo que continúa, es como una especie de apisonadora gigante que deja a su paso millones de cadáveres en vida.
Pero no es directamente proporcional la importancia que desempeñan las personas en la vida de uno y el grado de dispensable que éstas puedan llegar a ser, sí podría serlo el tiempo que tardan en llegar a serlo, pero jamás el grado.
No importa lo importante que alguien haya sido, sea o vaya a ser. Porque al final... Será siempre prescindible.
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