—Mamá, léeme un cuento
—No quedan cuentos cariño
—Sí mamá, están allí, mira...— Pero ahí no había nada. Un triste vacío en medio de la estantería rosa, ya no quedaba ni un sólo libro. La mirada de Lucía se llenó de decepción, pero no lloró.
—Ya eres mayor Lucía, los cuentos se han acabado
—No, no, mamá... Yo sigo siendo pequeñita... De verdad, ya no quiero ser mayor lo prometo, quiero mis cuentos— Nadie hubiera dudado de estas palabras, Lucía no erá más que una niña, un pequeño ser humano de seis años que dormía entre muñecos y escribía ilusionada la carta a los Reyes Magos.
Todos los días se levantaba de entre sus diminutas sábanas, desayunaba su Cola-Cao en el tazón del conejito y acudía de la mano de su madre al colegio que había al lado de casa. Sí, Lucía continuaba siendo una niña.
—Dijiste que querías ser mayor, y las chicas mayores no lloran por cuentos, ni duermen con muñecas. Las chicas mayores aprenden.
—Yo también aprendo mami, yo voy al cole.
—Aprenden de la vida...
La cara de Lucía derrochaba confusión por todos sus poros, ¿ya no iba a poder ser pequeña?, ¿aprender de la vida?, ¿qué le había pasado a su madre?
Al día siguiente su padre se fue de casa y no volvió nunca. No sirvieron de nada sus súplicas, sus lágrimas, sus mocos por la barbilla y su cara sonrojada por la rabia.
—Lo siento cariño— fue la única explicación que recibió. ¡Le daba igual lo que sintieran!
Todo se termina. Lucía crece cinco años.
Y a partir de ahí todo va rodado... Su vida se sucedió de constantes enseñanzas agolpadas en una brevedad pasmosa de años.
La navidad no existe. Lucía crece un año.
Demostrar es díficil, a veces imposible. Lucía crece dos años.
El dinero es más que importante. Lucía crece tres años.
Amar no es suficiente. Lucía crece cuatro años.
Confiar te hace débil. Lucía crecre cinco años.
La gente muere y es olvidada. Lucía crece seis años.
Y con cada lección que la niña iba aprendiendo le sacudía un enorme dolor físico. Aprender dolía, y mucho.
Cuando alcanzó la edad de veinte años ya no era una niña, lo que nadie sabía es que había dejado de serlo mucho mucho tiempo atrás. Se convirtió en una anciana encerrada en esbelto cuerpo, en un corazón debilitado por los golpes cubierto de una capa de acero.
Ya nada le sorprendía, ya lo sabía todo.
Aprender de la vida, sí. Ahora sabía lo que era.
Decidió dejar de vivir. Paseaba por las calles muerta, sin vida. Levantaba los pies y los volvía a apoyar en la acera a modo de rutina, sin mirar a nadie, sin esperar nada, sin querer nada, sin sentir nada. Ya había vivido lo equivalente a 80 años, estaba cansada, agotada, así que esperaría a que su propio cuerpo cumpliera la condena.
Porque aprender duele... Y mucho.
No hay comentarios:
Publicar un comentario