miércoles, 28 de septiembre de 2011

Uno de cada cien


Cincuenta años hacía que vivían en ese pequeñito vagón al final del tren. Ella dormía a la derecha, él lo hacía a la izquierda. Y cada uno observaba desde su ventanilla los sueños que traqueteo a traqueteo habían dejado pasar. Por la de ella se paseaban preciosas bailarinas de porcelana, mecidas por el suave equilibrio de su tutú. La de él la recorrían  miles de pentagramas rociados de corcheas y negrillas. Lo único estático que en ambas permanecía no era sino el reflejo de los dos, besándose  en  silencio. 
-“Próxima parada…”- Pero ellos no pensaban bajarse.

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