Cincuenta años hacía que vivían en ese pequeñito vagón al
final del tren. Ella dormía a la derecha, él lo hacía a la izquierda. Y cada
uno observaba desde su ventanilla los sueños que traqueteo a traqueteo habían
dejado pasar. Por la de ella se paseaban preciosas bailarinas de porcelana,
mecidas por el suave equilibrio de su tutú. La de él la recorrían miles de pentagramas rociados de corcheas y
negrillas. Lo único estático que en ambas permanecía no era sino el reflejo de
los dos, besándose en silencio.
-“Próxima parada…”- Pero ellos no
pensaban bajarse.
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