Las calles estaban desiertas, ni un alma se atrevía a mostrarse a la luz de las pocas farolas situadas a los márgenes de la carretera. Él paseaba tranquilo, haciendo un esfuerzo por levantar los pies del suelo. La noche siempre se le había dado bien para pensar, o para no pensar, según se mire.
Diez años después ahí seguía él, en los mismos sitios y a las mismas horas. Miraba hacia abajo cuando caminaba, tratando de averiguar si su sombra habría cambiado desde entonces, pero no conseguía ver nada. Podía oír el ruido del mar cuando el camino se metía hacia la costa, y eso le gustaba, saber que había algo más que tierra por la que seguir andando, saber que había un mar que poder surcar. ¿Total para qué? él nunca lo haría, quizás sus hijos, o sus nietos, o los que vinieran después, pero no él.
Algún coche extraviado pasaba de vez en cuando por su lado, salpicándole el agua que quedaba estancada en los desniveles de la carretera, pero él no gritaba, ni siquiera cambiaba el semblante, era sólo un poco más de mierda.
Le gustaba escuchar el sonido de sus zapatos, golpeando vagamente sobre la acera y formando en sus oídos un estruendo indescriptible, un eco abrumador, una sensación de poder, de éxito... Quizás la única en su larga y desgastada vida. Sólo se escuchaban sus zapatos. Los de nadie más.
Boom... Y el sonido rompió el silencio con la facilidad con la que se rompe una vajilla cara, con la sensualidad de un soplo de unos labios carnosos. Y los cristales volvieron a su lugar, y los labios se cerraron para siempre. Fue un segundo, nada más que un segundo, y el silencio recuperó su forma y su belleza. No quedaban pasos, ya no había mar...
Quedó tendido en la acera como una broma pesada. La sangre brotaba de su sien burbujeante, deseosa de tocar tierra, ardiente... Fluía como el agua que horas antes había regado la ciudad, con un ritmo constante, imparable, hipnotizante... Y se mezclaba con los restos de fango y mierda que había acumulados en el bordillo.
Alguien volvió, de nuevo, a elegir por él. Ni su propia muerte había sido capaz de decidir.
Ahora, al menos, ya estaba muerto...
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