sábado, 29 de junio de 2013

Hay veces...

Esa es la verdad. La verdad es que hay veces... Y hay veces unas cosas y hay veces que otras, pero siempre hay veces.
En particular esta era una de esas veces en las que parece que no viene nada después de esos puntos suspensivos, en las que se alcanza tal estado de normalidad que uno ya no cree que la vida pueda llegar a sorprenderle. Pero incluso en aquellos momentos hay veces... El primer paso fue darme cuenta de que hay cosas que el ser humano inventa (y he de decir que lo hace excepcionalmente bien, y de un modo u otro acaba por convencer a toda clase de gente que habita en el planeta) que son completamente falsas. Y esta es una de las peores cosas que pasan en la vida, tránsito obligado para todos aquellos que, por suerte o por desgracia y más bien por lo primero, lleguemos vivos al duro tránsito a la edad adulta.
Bien, pues una vez después de recibir la hostia que te da la vida una vez pasada la veintena (este dato no es muy objetivo, conozco a más de uno que todavía no ha tenido el placer de que se le presente la ocasión y ya están bastante alejados de los veinte, pero es un dato) el cuerpo queda como en una especie de trance, como el despistado que no ve venir la bola y le abre una brecha de siete puntos antes de que pueda siquiera levantar los brazos y amortiguar el golpe. El cuerpo, o la mente, o una unión de ambos, quedan suspendidos en una especie de limbo con todo el resto de almas despistadas que buscan la salida a su propio yo de nuevo, porque al fin y al cabo así te deja la hostia, despistado.

Y es precisamente en ese trance de recuperar la visión, de adaptación a la idea de que lo que ha sido parece que nunca volverá a ser, cuando ocurrió.

Llegó con sus palabras bonitas o con esa luz que desprende, ya no física sino mentalmente, alguien que acaba de llegar a la idea de algo grande, o al menos de algo con fuerza. Y me dí cuenta de que efectivamente el tiempo de cada uno no es eterno, y que si la vida te deja desubicado la solución no puede ser andar hacia cualquier dirección, que la respuesta es buscar, buscarnos a nosotros mismos, encontrar lo que queremos y seguir, y luchar con paciencia, de esa que muestran algunos maestros con alumnos contrariados, seguir autoinyectándonos un fuelle que nunca debe terminarse y vivir, no como esos seres que respiran y hacen sin pensar, que se acomodan en una rutina monótona y sin interés, sino vivir plenos, por y para lo que nos gusta y queremos.


Porque hay veces... Y siempre las va a haber.

sábado, 25 de mayo de 2013

Punto de partida

Miguel salió de su vida sin más. Bueno, en realidad fue con más. Con más dolor que nunca y mas impotencia que nunca también.
Un día, partiendo desde el mismo punto, él le comunicó su no intención de seguir el camino a su lado, y sin otro miramiento que el desvincularse de algo a lo que has estado en parte unido, le dio dos sonoros y lentos besos en las mejillas, cerca de los labios pero sin rozarlos. Y comenzó a andar.
Elena se quedó paralizada mirándole marchar, un paso tras otro avanzaba sin siquiera dudar unos segundos o esperar. La marcha era segura y sin pausa. Ella se quedó horas, días y meses viéndole marchar, observando cómo la ley de proporciones le iba reduciendo poco a poco a escasos dos centímetros de ser, de vida, de compañero, de amado.
Por fin un día se decidió a emprender su propia marcha y dejar de observar. Así pues, dio media vuelta y movió un pie tras otro, avanzando metro a metro, poco a poco. Meses sin usar las piernas, y éstas volvieron a funcionar, primero poco a poco, fueron inyectándose aceite que las hiciera articular, y sin mucha espera adquirieron ritmo.

Al avance de cierta distancia, tampoco importaba cuánta, una voz se escuchó a lo lejos. Y volvió a sonar, formando un eco ininterrumpido en la cabeza de Elena. Ese eco gritaba su nombre. Ella regaló un descanso a su sistema locomotor y giró la cabeza buscando cada letra de su nombre. A lo lejos estaba Miguel, muy muy lejos ya, tanto que apenas se distinguían sus movimientos. Pero ella le vio, le vio mover la boca llamándola con el torso girado en dirección opuesta a sus piernas, en dirección a ella. Y entonces Miguel levantó un brazo y naturalizó un último movimiento de mano en forma de saludo, o más bien despedida. Se giró y siguió caminando.

Elena quedó perpleja en su trayectoria, y le costó volver a darle cuerda a su sistema, sacar a esas piernas del descanso.

Y siempre se preguntó por qué miró y por qué el se despidió.

domingo, 19 de mayo de 2013

Tuyo

Sí lo creo. Que en algún momento la vida te devuelve todo tu esfuerzo, ese que creíste infructuoso, ese por el que lloraste día y noche, algún día te es devuelto. Y lo tachas de milagro, de misericordia de ese Dios que no sabemos si existe. Pero es tuyo, es tu esfuerzo, siempre lo será.

domingo, 7 de abril de 2013

Retorno al camino


Ya volvió.

Pasó ni se sabe, bastante más de lo que ella hubiera querido y bastante menos de lo que en cambio pensaba. Estuvo inmóvil en esa cama de hospital, alimentada por vía intravenosa y relegada a la paciente, y no por ello sencilla, tarea del espectador. Se redujo a una simple espectadora que sin embargo no empleaba los ojos, ni los oídos, ni siquiera recuerda haber empleado el tacto en este periodo de su vida.

Sufrió un duro coma. Tiempo que creía haber perdido y sin embargo, nadie sabe cómo... Pero estuvo aprendiendo. No aprendió idiomas, ni matemáticas. Aprendió a vivir mientras, qué ironico, creía estar muerta.

En un tiempo estará lista y pondrá en práctica lo aprendido.

martes, 4 de diciembre de 2012

Para Antonio

Mi querido Antonio,

Supongo que esperabas algo más de mi testamento, pero también confío en que sepas ver todo lo que en esta carta voy a darte. Te voy a dar la verdad, y creo que eso es lo más valioso de todas mis pertenencias (escasas ya de por sí, tú lo sabes).
Mi amor, mi Antonio... El viernes pasado limpié toda la casa, barrí detrás del frigorífico, moví la estantería del salón, sí, esa marrón que tan fea te pareció siempre (ahora ya podrás tirarla), levanté los sofás y pasé el polvo a cada disco que tienes olvidado en aquel baúl de recuerdos que cada día está más lleno. Creo que estuve limpiando cinco, seis o siete horas, no me acuerdo. Al principio puse algo de música, una de esas canciones que Alejandro te dice siempre que son de viejos, pero tampoco me acuerdo de cuál. Y mientras limpiaba y escuchaba esas canciones no pude evitar pensar. Tú y yo nunca fuimos de hablar, ¿verdad? Todo fue una ida y venida de suposiciones, de acciones, roces y aceptaciones, pero hasta donde yo recuerdo no fuimos nunca de hablar. Mucho menos pensemos entonces en escribir. He de decir que no soy yo quien escribe (ya sabes que no es mi fuerte, juntar dos palabras y que suenen exactamente como las reproduce mi mente me es casi imposible), escribe alguien que ha sido capaz de entender lo que quiero explicar y le he permitido la libertad de retorcer mis palabras y jugar con ellas con el propósito de que así queden más claras, por irónico que suene.
Antonio, creo que nunca te he dado una desnudez como la que hoy pretendo darte. Y es en parte un poco egoista, porque te la doy cuando ya no puedes disfrutarla.
Te debo tanto, tanto... Que siempre me ha dado un vértigo tremendo reconocerlo. Me hizo gracia ese día que abrí la puerta de casa y te ví ojeando el libro que por aquel entonces yo leía, y cómo rápidamente lo dejaste en la mesa y comenzaste a desviar la mirada por todo el salón, sin objetivo particular. Supiste que te había visto y yo supe que lo sabías y sin embargo... Ninguno dijo nada, los dos hicimos por disimular. Sabía que lo hacías siempre que no estaba en casa, y luego me sorprendías con algún comentario interesante (al menos para mí), creyendo que me debías algo, que yo te superaba. Pero Antonio... No sabes lo que te debo yo, nunca lo dije, qué miedo me daba que te dieras cuenta de lo mucho que eres, que eras...
Hasta que no te conocí jamás pensé en la posibilidad real de poder sentir algo, al menos algo como esto. Algo infinito... Algo que poder llevarme a la tumba. Me llevo mucho más de lo que dejo, y aún así quiero dejarte aquí en agradecimiento un poquito de mí.

Lucha

Lloraba sin parar, sin siquiera respirar, como un niño. Lo sostuve entre mis brazos intentando que los temblores no hicieran su cuerpo añicos y cayera ahí mismo desplomado, transformado en lo que su alma ya era, un puzle de mil piezas que no encajaban.

Da pánico observar lo que el miedo puede crear.

sábado, 2 de junio de 2012

Uno, dos, tres...

Supongo que el final siempre llega aunque tarde. Y pese al esfuerzo en vano que me supuso el juego no diré que no haya merecido la pena.
Siempre me escondí lo mejor que supe.
Siempre me encontraron.

Hasta ahora.