domingo, 19 de mayo de 2013
Tuyo
Sí lo creo. Que en algún momento la vida te devuelve todo tu esfuerzo, ese que creíste infructuoso, ese por el que lloraste día y noche, algún día te es devuelto. Y lo tachas de milagro, de misericordia de ese Dios que no sabemos si existe. Pero es tuyo, es tu esfuerzo, siempre lo será.
domingo, 7 de abril de 2013
Retorno al camino
Ya volvió.
Pasó ni se sabe, bastante más de lo que ella hubiera querido y bastante menos de lo que en cambio pensaba. Estuvo inmóvil en esa cama de hospital, alimentada por vía intravenosa y relegada a la paciente, y no por ello sencilla, tarea del espectador. Se redujo a una simple espectadora que sin embargo no empleaba los ojos, ni los oídos, ni siquiera recuerda haber empleado el tacto en este periodo de su vida.
Sufrió un duro coma. Tiempo que creía haber perdido y sin embargo, nadie sabe cómo... Pero estuvo aprendiendo. No aprendió idiomas, ni matemáticas. Aprendió a vivir mientras, qué ironico, creía estar muerta.
En un tiempo estará lista y pondrá en práctica lo aprendido.
martes, 4 de diciembre de 2012
Para Antonio
Mi querido Antonio,
Supongo que esperabas algo más de mi testamento, pero también confío en que sepas ver todo lo que en esta carta voy a darte. Te voy a dar la verdad, y creo que eso es lo más valioso de todas mis pertenencias (escasas ya de por sí, tú lo sabes).
Mi amor, mi Antonio... El viernes pasado limpié toda la casa, barrí detrás del frigorífico, moví la estantería del salón, sí, esa marrón que tan fea te pareció siempre (ahora ya podrás tirarla), levanté los sofás y pasé el polvo a cada disco que tienes olvidado en aquel baúl de recuerdos que cada día está más lleno. Creo que estuve limpiando cinco, seis o siete horas, no me acuerdo. Al principio puse algo de música, una de esas canciones que Alejandro te dice siempre que son de viejos, pero tampoco me acuerdo de cuál. Y mientras limpiaba y escuchaba esas canciones no pude evitar pensar. Tú y yo nunca fuimos de hablar, ¿verdad? Todo fue una ida y venida de suposiciones, de acciones, roces y aceptaciones, pero hasta donde yo recuerdo no fuimos nunca de hablar. Mucho menos pensemos entonces en escribir. He de decir que no soy yo quien escribe (ya sabes que no es mi fuerte, juntar dos palabras y que suenen exactamente como las reproduce mi mente me es casi imposible), escribe alguien que ha sido capaz de entender lo que quiero explicar y le he permitido la libertad de retorcer mis palabras y jugar con ellas con el propósito de que así queden más claras, por irónico que suene.
Antonio, creo que nunca te he dado una desnudez como la que hoy pretendo darte. Y es en parte un poco egoista, porque te la doy cuando ya no puedes disfrutarla.
Te debo tanto, tanto... Que siempre me ha dado un vértigo tremendo reconocerlo. Me hizo gracia ese día que abrí la puerta de casa y te ví ojeando el libro que por aquel entonces yo leía, y cómo rápidamente lo dejaste en la mesa y comenzaste a desviar la mirada por todo el salón, sin objetivo particular. Supiste que te había visto y yo supe que lo sabías y sin embargo... Ninguno dijo nada, los dos hicimos por disimular. Sabía que lo hacías siempre que no estaba en casa, y luego me sorprendías con algún comentario interesante (al menos para mí), creyendo que me debías algo, que yo te superaba. Pero Antonio... No sabes lo que te debo yo, nunca lo dije, qué miedo me daba que te dieras cuenta de lo mucho que eres, que eras...
Hasta que no te conocí jamás pensé en la posibilidad real de poder sentir algo, al menos algo como esto. Algo infinito... Algo que poder llevarme a la tumba. Me llevo mucho más de lo que dejo, y aún así quiero dejarte aquí en agradecimiento un poquito de mí.
Supongo que esperabas algo más de mi testamento, pero también confío en que sepas ver todo lo que en esta carta voy a darte. Te voy a dar la verdad, y creo que eso es lo más valioso de todas mis pertenencias (escasas ya de por sí, tú lo sabes).
Mi amor, mi Antonio... El viernes pasado limpié toda la casa, barrí detrás del frigorífico, moví la estantería del salón, sí, esa marrón que tan fea te pareció siempre (ahora ya podrás tirarla), levanté los sofás y pasé el polvo a cada disco que tienes olvidado en aquel baúl de recuerdos que cada día está más lleno. Creo que estuve limpiando cinco, seis o siete horas, no me acuerdo. Al principio puse algo de música, una de esas canciones que Alejandro te dice siempre que son de viejos, pero tampoco me acuerdo de cuál. Y mientras limpiaba y escuchaba esas canciones no pude evitar pensar. Tú y yo nunca fuimos de hablar, ¿verdad? Todo fue una ida y venida de suposiciones, de acciones, roces y aceptaciones, pero hasta donde yo recuerdo no fuimos nunca de hablar. Mucho menos pensemos entonces en escribir. He de decir que no soy yo quien escribe (ya sabes que no es mi fuerte, juntar dos palabras y que suenen exactamente como las reproduce mi mente me es casi imposible), escribe alguien que ha sido capaz de entender lo que quiero explicar y le he permitido la libertad de retorcer mis palabras y jugar con ellas con el propósito de que así queden más claras, por irónico que suene.
Antonio, creo que nunca te he dado una desnudez como la que hoy pretendo darte. Y es en parte un poco egoista, porque te la doy cuando ya no puedes disfrutarla.
Te debo tanto, tanto... Que siempre me ha dado un vértigo tremendo reconocerlo. Me hizo gracia ese día que abrí la puerta de casa y te ví ojeando el libro que por aquel entonces yo leía, y cómo rápidamente lo dejaste en la mesa y comenzaste a desviar la mirada por todo el salón, sin objetivo particular. Supiste que te había visto y yo supe que lo sabías y sin embargo... Ninguno dijo nada, los dos hicimos por disimular. Sabía que lo hacías siempre que no estaba en casa, y luego me sorprendías con algún comentario interesante (al menos para mí), creyendo que me debías algo, que yo te superaba. Pero Antonio... No sabes lo que te debo yo, nunca lo dije, qué miedo me daba que te dieras cuenta de lo mucho que eres, que eras...
Hasta que no te conocí jamás pensé en la posibilidad real de poder sentir algo, al menos algo como esto. Algo infinito... Algo que poder llevarme a la tumba. Me llevo mucho más de lo que dejo, y aún así quiero dejarte aquí en agradecimiento un poquito de mí.
Lucha
Lloraba sin parar, sin siquiera respirar, como un niño. Lo sostuve entre mis brazos intentando que los temblores no hicieran su cuerpo añicos y cayera ahí mismo desplomado, transformado en lo que su alma ya era, un puzle de mil piezas que no encajaban.
Da pánico observar lo que el miedo puede crear.
Da pánico observar lo que el miedo puede crear.
sábado, 2 de junio de 2012
Uno, dos, tres...
Supongo que el final siempre llega aunque tarde. Y pese al esfuerzo en vano que me supuso el juego no diré que no haya merecido la pena.
Siempre me escondí lo mejor que supe.
Siempre me encontraron.
Hasta ahora.
Siempre me escondí lo mejor que supe.
Siempre me encontraron.
Hasta ahora.
sábado, 12 de mayo de 2012
Tres segundos
–Eres especial Marina...
–No, no lo soy. Soy una persona normal con ganas de vivir.
–Por eso eres especial...
–No, no lo soy. Soy una persona normal con ganas de vivir.
–Por eso eres especial...
miércoles, 7 de marzo de 2012
Mírame y dime que no
Las calles estaban desiertas, ni un alma se atrevía a mostrarse a la luz de las pocas farolas situadas a los márgenes de la carretera. Él paseaba tranquilo, haciendo un esfuerzo por levantar los pies del suelo. La noche siempre se le había dado bien para pensar, o para no pensar, según se mire.
Diez años después ahí seguía él, en los mismos sitios y a las mismas horas. Miraba hacia abajo cuando caminaba, tratando de averiguar si su sombra habría cambiado desde entonces, pero no conseguía ver nada. Podía oír el ruido del mar cuando el camino se metía hacia la costa, y eso le gustaba, saber que había algo más que tierra por la que seguir andando, saber que había un mar que poder surcar. ¿Total para qué? él nunca lo haría, quizás sus hijos, o sus nietos, o los que vinieran después, pero no él.
Algún coche extraviado pasaba de vez en cuando por su lado, salpicándole el agua que quedaba estancada en los desniveles de la carretera, pero él no gritaba, ni siquiera cambiaba el semblante, era sólo un poco más de mierda.
Le gustaba escuchar el sonido de sus zapatos, golpeando vagamente sobre la acera y formando en sus oídos un estruendo indescriptible, un eco abrumador, una sensación de poder, de éxito... Quizás la única en su larga y desgastada vida. Sólo se escuchaban sus zapatos. Los de nadie más.
Boom... Y el sonido rompió el silencio con la facilidad con la que se rompe una vajilla cara, con la sensualidad de un soplo de unos labios carnosos. Y los cristales volvieron a su lugar, y los labios se cerraron para siempre. Fue un segundo, nada más que un segundo, y el silencio recuperó su forma y su belleza. No quedaban pasos, ya no había mar...
Quedó tendido en la acera como una broma pesada. La sangre brotaba de su sien burbujeante, deseosa de tocar tierra, ardiente... Fluía como el agua que horas antes había regado la ciudad, con un ritmo constante, imparable, hipnotizante... Y se mezclaba con los restos de fango y mierda que había acumulados en el bordillo.
Alguien volvió, de nuevo, a elegir por él. Ni su propia muerte había sido capaz de decidir.
Ahora, al menos, ya estaba muerto...
Diez años después ahí seguía él, en los mismos sitios y a las mismas horas. Miraba hacia abajo cuando caminaba, tratando de averiguar si su sombra habría cambiado desde entonces, pero no conseguía ver nada. Podía oír el ruido del mar cuando el camino se metía hacia la costa, y eso le gustaba, saber que había algo más que tierra por la que seguir andando, saber que había un mar que poder surcar. ¿Total para qué? él nunca lo haría, quizás sus hijos, o sus nietos, o los que vinieran después, pero no él.
Algún coche extraviado pasaba de vez en cuando por su lado, salpicándole el agua que quedaba estancada en los desniveles de la carretera, pero él no gritaba, ni siquiera cambiaba el semblante, era sólo un poco más de mierda.
Le gustaba escuchar el sonido de sus zapatos, golpeando vagamente sobre la acera y formando en sus oídos un estruendo indescriptible, un eco abrumador, una sensación de poder, de éxito... Quizás la única en su larga y desgastada vida. Sólo se escuchaban sus zapatos. Los de nadie más.
Boom... Y el sonido rompió el silencio con la facilidad con la que se rompe una vajilla cara, con la sensualidad de un soplo de unos labios carnosos. Y los cristales volvieron a su lugar, y los labios se cerraron para siempre. Fue un segundo, nada más que un segundo, y el silencio recuperó su forma y su belleza. No quedaban pasos, ya no había mar...
Quedó tendido en la acera como una broma pesada. La sangre brotaba de su sien burbujeante, deseosa de tocar tierra, ardiente... Fluía como el agua que horas antes había regado la ciudad, con un ritmo constante, imparable, hipnotizante... Y se mezclaba con los restos de fango y mierda que había acumulados en el bordillo.
Alguien volvió, de nuevo, a elegir por él. Ni su propia muerte había sido capaz de decidir.
Ahora, al menos, ya estaba muerto...
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