Ya sólo le echaba de menos cuando no llegaba a subirse la cremallera del vestido. Por
FIN
jueves, 12 de junio de 2014
lunes, 9 de junio de 2014
Barcos de papel
Barcos de papel eran todos sus sueños. Nada más rozar el mar absorbían todo el agua del océano, y cuanto más se hinchaban más se hundían.
Así eran todos sus sueños hasta que encontró la botella.
Así eran todos sus sueños hasta que encontró la botella.
domingo, 8 de junio de 2014
Más Mariola y menos yo
No he visto ojos contenedores de tanta pena como los que me
miran a través de ese espejo.
Porque ayer tenía veinte años, y reía como si nunca fuera a
ser mañana, como si jamás fueran a llegar las consecuencias de mis actos. Aún
peor, las consecuencias de mis no actos.
Y esta mañana tengo casi cincuenta. Cincuenta años, madre
mía… Cincuenta años y puedo leer en mis propios ojos la desesperanza de quien
no encuentra luz.
Ayer vino Mariola a comer. Vino y trajo consigo toda la luz
que la envuelve, y toda esa energía que en el fondo envidio tener. Mariola es
mi hija, la menor. Pero no parece mi hija. No quiero decir con ello que crea
que es hija de otro, eso está totalmente descartado, con esos ojos sé que ella
es mi hija. Lo que yo quiero decir es que, sin embargo, sus ojos son otros
ojos. Los miro y me veo en ellos, veo los míos, pero me veo feliz. Y a pesar de
su corta edad es ella quien me enseña, al mirarme y al hablarme, incluso a
veces hasta al escucharme, que esa felicidad a la que todos optamos (yo también
opté a ella por supuesto) no es gratis. La felicidad te arrebata esfuerzos,
sacrificios y elecciones. Sobre todo, elecciones.
Hablemos de elecciones… –reto a mis propios ojos. Y hablamos largo y tendido, por primera vez
en cincuenta años. De todas esas elecciones que la vida me puso en bandeja, de
todas aquellas que hice por comodidad, y las que dejé que la misma vida hiciera
por mí. Hablamos de Mariola y de cómo a veces las elecciones impuestas, irónico
llamarlas elecciones pero así lo voy a hacer, resultan las mejores en la vida.
Pero también hablamos de ellos, y de cómo la cobardía de no elegir, de dejar
pasar, de dejar hacer y de dejar DE hacer, también tiene su resultado.
Y ahora sé que si volviera a vivir sería más Mariola y menos
yo. Más valiente y menos yo. Más feliz y menos yo.
Aún es pronto, aún puedo ser más Mariola y menos yo… Casi.
miércoles, 22 de enero de 2014
miércoles, 28 de agosto de 2013
De - ca - den - cia
Dul - ce De -ca -den -cia
Son las 2:00, miento ( y qué mal lo hago), es la 01:50.
Escribir algo bonito, escribir algo bonito, escribir algo bonito... Llevo meses tratando de escribir "algo bonito". Las comillas me bailan un poco, más bien es algo bonito. Sí, definitivamente es esto.
Ahora sí son las 2:00.
Decido escribir, aunque no sea algo bonito. Aunque tan solo se quede en algo.
Destacaba el rojo sobre el blanco de su piel.
La sangre corría a borbotones por sus mejillas, por su barbilla y huía del ruido ensordecedor de sus palabras. El corazón parecía latir con una fuerza jamás imaginada, tanto retumbaba en su pecho que el dolor le recorría las costillas y el eco se revolvía en las paredes de aquel cuarto piso. Los puños cerrados sobre las rodillas flexionadas, y esas uñas de muñeca de porcelana traspasando la carne de las palmas.
PUM PUM. Y no se rinde y palpita y palpita como si no hubiera mañana.
NO. Las neuronas, los nervios, la carne, el cerebro. Juraste nunca más volver a hacerlo. Y más lágrimas rojas en memoria del recuerdo.
SOLO. Trepa entre las vísceras y notas cómo se va haciendo un hueco.
PODRÁS. Otra vez aquel sonido del pasado.
UNA. Ahora ya late en la garganta y el cosquilleo inunda la laringe.
SOBRE. La lógica aplastante del sonido de sus labios al cerrarse. Los machaques, los achaques, las constantes.
VEZ. Y es la misma sangre la que sale de tus ojos, a eso no puedes negarte.
VIVIR. Las cicatrices que sigo curando y a ratos aún escuecen.
MÁS. Exprimiendo tus creencias más cruciales, por que... Si no... ¿para qué vives?
Y así le rebentó el corazón en mil pedazos en sus propias carnes, mientras asía con fuerza el cuerpo de su compañero contra el suyo
Son las 2:00, miento ( y qué mal lo hago), es la 01:50.
Escribir algo bonito, escribir algo bonito, escribir algo bonito... Llevo meses tratando de escribir "algo bonito". Las comillas me bailan un poco, más bien es algo bonito. Sí, definitivamente es esto.
Ahora sí son las 2:00.
Decido escribir, aunque no sea algo bonito. Aunque tan solo se quede en algo.
Destacaba el rojo sobre el blanco de su piel.
La sangre corría a borbotones por sus mejillas, por su barbilla y huía del ruido ensordecedor de sus palabras. El corazón parecía latir con una fuerza jamás imaginada, tanto retumbaba en su pecho que el dolor le recorría las costillas y el eco se revolvía en las paredes de aquel cuarto piso. Los puños cerrados sobre las rodillas flexionadas, y esas uñas de muñeca de porcelana traspasando la carne de las palmas.
PUM PUM. Y no se rinde y palpita y palpita como si no hubiera mañana.
NO. Las neuronas, los nervios, la carne, el cerebro. Juraste nunca más volver a hacerlo. Y más lágrimas rojas en memoria del recuerdo.
SOLO. Trepa entre las vísceras y notas cómo se va haciendo un hueco.
PODRÁS. Otra vez aquel sonido del pasado.
UNA. Ahora ya late en la garganta y el cosquilleo inunda la laringe.
SOBRE. La lógica aplastante del sonido de sus labios al cerrarse. Los machaques, los achaques, las constantes.
VEZ. Y es la misma sangre la que sale de tus ojos, a eso no puedes negarte.
VIVIR. Las cicatrices que sigo curando y a ratos aún escuecen.
MÁS. Exprimiendo tus creencias más cruciales, por que... Si no... ¿para qué vives?
Y así le rebentó el corazón en mil pedazos en sus propias carnes, mientras asía con fuerza el cuerpo de su compañero contra el suyo
sábado, 29 de junio de 2013
Hay veces...
Esa es la verdad. La verdad es que hay veces... Y hay veces unas cosas y hay veces que otras, pero siempre hay veces.
En particular esta era una de esas veces en las que parece que no viene nada después de esos puntos suspensivos, en las que se alcanza tal estado de normalidad que uno ya no cree que la vida pueda llegar a sorprenderle. Pero incluso en aquellos momentos hay veces... El primer paso fue darme cuenta de que hay cosas que el ser humano inventa (y he de decir que lo hace excepcionalmente bien, y de un modo u otro acaba por convencer a toda clase de gente que habita en el planeta) que son completamente falsas. Y esta es una de las peores cosas que pasan en la vida, tránsito obligado para todos aquellos que, por suerte o por desgracia y más bien por lo primero, lleguemos vivos al duro tránsito a la edad adulta.
Bien, pues una vez después de recibir la hostia que te da la vida una vez pasada la veintena (este dato no es muy objetivo, conozco a más de uno que todavía no ha tenido el placer de que se le presente la ocasión y ya están bastante alejados de los veinte, pero es un dato) el cuerpo queda como en una especie de trance, como el despistado que no ve venir la bola y le abre una brecha de siete puntos antes de que pueda siquiera levantar los brazos y amortiguar el golpe. El cuerpo, o la mente, o una unión de ambos, quedan suspendidos en una especie de limbo con todo el resto de almas despistadas que buscan la salida a su propio yo de nuevo, porque al fin y al cabo así te deja la hostia, despistado.
Y es precisamente en ese trance de recuperar la visión, de adaptación a la idea de que lo que ha sido parece que nunca volverá a ser, cuando ocurrió.
Llegó con sus palabras bonitas o con esa luz que desprende, ya no física sino mentalmente, alguien que acaba de llegar a la idea de algo grande, o al menos de algo con fuerza. Y me dí cuenta de que efectivamente el tiempo de cada uno no es eterno, y que si la vida te deja desubicado la solución no puede ser andar hacia cualquier dirección, que la respuesta es buscar, buscarnos a nosotros mismos, encontrar lo que queremos y seguir, y luchar con paciencia, de esa que muestran algunos maestros con alumnos contrariados, seguir autoinyectándonos un fuelle que nunca debe terminarse y vivir, no como esos seres que respiran y hacen sin pensar, que se acomodan en una rutina monótona y sin interés, sino vivir plenos, por y para lo que nos gusta y queremos.
Porque hay veces... Y siempre las va a haber.
En particular esta era una de esas veces en las que parece que no viene nada después de esos puntos suspensivos, en las que se alcanza tal estado de normalidad que uno ya no cree que la vida pueda llegar a sorprenderle. Pero incluso en aquellos momentos hay veces... El primer paso fue darme cuenta de que hay cosas que el ser humano inventa (y he de decir que lo hace excepcionalmente bien, y de un modo u otro acaba por convencer a toda clase de gente que habita en el planeta) que son completamente falsas. Y esta es una de las peores cosas que pasan en la vida, tránsito obligado para todos aquellos que, por suerte o por desgracia y más bien por lo primero, lleguemos vivos al duro tránsito a la edad adulta.
Bien, pues una vez después de recibir la hostia que te da la vida una vez pasada la veintena (este dato no es muy objetivo, conozco a más de uno que todavía no ha tenido el placer de que se le presente la ocasión y ya están bastante alejados de los veinte, pero es un dato) el cuerpo queda como en una especie de trance, como el despistado que no ve venir la bola y le abre una brecha de siete puntos antes de que pueda siquiera levantar los brazos y amortiguar el golpe. El cuerpo, o la mente, o una unión de ambos, quedan suspendidos en una especie de limbo con todo el resto de almas despistadas que buscan la salida a su propio yo de nuevo, porque al fin y al cabo así te deja la hostia, despistado.
Y es precisamente en ese trance de recuperar la visión, de adaptación a la idea de que lo que ha sido parece que nunca volverá a ser, cuando ocurrió.
Llegó con sus palabras bonitas o con esa luz que desprende, ya no física sino mentalmente, alguien que acaba de llegar a la idea de algo grande, o al menos de algo con fuerza. Y me dí cuenta de que efectivamente el tiempo de cada uno no es eterno, y que si la vida te deja desubicado la solución no puede ser andar hacia cualquier dirección, que la respuesta es buscar, buscarnos a nosotros mismos, encontrar lo que queremos y seguir, y luchar con paciencia, de esa que muestran algunos maestros con alumnos contrariados, seguir autoinyectándonos un fuelle que nunca debe terminarse y vivir, no como esos seres que respiran y hacen sin pensar, que se acomodan en una rutina monótona y sin interés, sino vivir plenos, por y para lo que nos gusta y queremos.
Porque hay veces... Y siempre las va a haber.
sábado, 25 de mayo de 2013
Punto de partida
Miguel salió de su vida sin más. Bueno, en realidad fue con más. Con más dolor que nunca y mas impotencia que nunca también.
Un día, partiendo desde el mismo punto, él le comunicó su no intención de seguir el camino a su lado, y sin otro miramiento que el desvincularse de algo a lo que has estado en parte unido, le dio dos sonoros y lentos besos en las mejillas, cerca de los labios pero sin rozarlos. Y comenzó a andar.
Elena se quedó paralizada mirándole marchar, un paso tras otro avanzaba sin siquiera dudar unos segundos o esperar. La marcha era segura y sin pausa. Ella se quedó horas, días y meses viéndole marchar, observando cómo la ley de proporciones le iba reduciendo poco a poco a escasos dos centímetros de ser, de vida, de compañero, de amado.
Por fin un día se decidió a emprender su propia marcha y dejar de observar. Así pues, dio media vuelta y movió un pie tras otro, avanzando metro a metro, poco a poco. Meses sin usar las piernas, y éstas volvieron a funcionar, primero poco a poco, fueron inyectándose aceite que las hiciera articular, y sin mucha espera adquirieron ritmo.
Al avance de cierta distancia, tampoco importaba cuánta, una voz se escuchó a lo lejos. Y volvió a sonar, formando un eco ininterrumpido en la cabeza de Elena. Ese eco gritaba su nombre. Ella regaló un descanso a su sistema locomotor y giró la cabeza buscando cada letra de su nombre. A lo lejos estaba Miguel, muy muy lejos ya, tanto que apenas se distinguían sus movimientos. Pero ella le vio, le vio mover la boca llamándola con el torso girado en dirección opuesta a sus piernas, en dirección a ella. Y entonces Miguel levantó un brazo y naturalizó un último movimiento de mano en forma de saludo, o más bien despedida. Se giró y siguió caminando.
Elena quedó perpleja en su trayectoria, y le costó volver a darle cuerda a su sistema, sacar a esas piernas del descanso.
Y siempre se preguntó por qué miró y por qué el se despidió.
Un día, partiendo desde el mismo punto, él le comunicó su no intención de seguir el camino a su lado, y sin otro miramiento que el desvincularse de algo a lo que has estado en parte unido, le dio dos sonoros y lentos besos en las mejillas, cerca de los labios pero sin rozarlos. Y comenzó a andar.
Elena se quedó paralizada mirándole marchar, un paso tras otro avanzaba sin siquiera dudar unos segundos o esperar. La marcha era segura y sin pausa. Ella se quedó horas, días y meses viéndole marchar, observando cómo la ley de proporciones le iba reduciendo poco a poco a escasos dos centímetros de ser, de vida, de compañero, de amado.
Por fin un día se decidió a emprender su propia marcha y dejar de observar. Así pues, dio media vuelta y movió un pie tras otro, avanzando metro a metro, poco a poco. Meses sin usar las piernas, y éstas volvieron a funcionar, primero poco a poco, fueron inyectándose aceite que las hiciera articular, y sin mucha espera adquirieron ritmo.
Al avance de cierta distancia, tampoco importaba cuánta, una voz se escuchó a lo lejos. Y volvió a sonar, formando un eco ininterrumpido en la cabeza de Elena. Ese eco gritaba su nombre. Ella regaló un descanso a su sistema locomotor y giró la cabeza buscando cada letra de su nombre. A lo lejos estaba Miguel, muy muy lejos ya, tanto que apenas se distinguían sus movimientos. Pero ella le vio, le vio mover la boca llamándola con el torso girado en dirección opuesta a sus piernas, en dirección a ella. Y entonces Miguel levantó un brazo y naturalizó un último movimiento de mano en forma de saludo, o más bien despedida. Se giró y siguió caminando.
Elena quedó perpleja en su trayectoria, y le costó volver a darle cuerda a su sistema, sacar a esas piernas del descanso.
Y siempre se preguntó por qué miró y por qué el se despidió.
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