miércoles, 28 de enero de 2015

Un café y tres de azúcar

La cucharilla se movía elegante entre ese líquido al que se atrevía a llamar café con leche. Cada vez que pasaba rozando el cristal del vaso se alejaba rápidamente temiendo el calor que desprendía. Siempre en el mismo sentido, siempre al mismo ritmo.
Manuel saca la cuchara, se la mete despacio en la boca para evitar que gotee y la hunde en seguida en el bote de azúcar, ese que ella siempre sabía distinguir del de la sal porque "está claro, tiene tapa de bote de mermelada". Él debía ser idiota, porque no entendía el símil.
En fin, Manuel echa una cucharada de azúcar en el café y repite un par de veces el mismo gesto, hasta conseguir la cantidad de azúcar deseable para una buena úlcera.
"Tres de azúcar por favor" es lo primero que la escuchó decir, y lo último que recuerda de ella. Es insoportable la hora del café, insoportable el "clin, clin" quejicoso del vaso a rozarlo con el metal, insoportable el sabor, el olor, su sabor, su olor, sus besos, sus manos, su pelo en la almohada, su cepillo de dientes en el baño y sus bragas en el tercer cajón del armario.
Era un delirio su recuerdo imborrable escrito dentro de esas tres cucharas de azúcar que desde entonces no perdonaba nunca. Era su momento con ella, sus quince minutos al día de "buenos días", "¿cómo has dormido hoy?", "¿tres de azúcar?", "¿me perdonas?", "¿me devuelves mi vida, mis recuerdos, mi karma, mi serenidad, mis lunes, mis martes, mis miércoles, mis jueves, mis viernes, mis sábados y mis domingos?", "¿y si te pido sólo los domingos?".

- ¡Señor Gonzalez! - Levanta con sobresalto la cabeza del café por primera vez en veinte minutos.
- ¿Eh?
- Le pregunto, señor González, que porqué la mató.
- Ella me mató primero...

1 comentario:

  1. Onírico, cadente...la parte del idiota me hizo reír. Tienes una mano amable.

    Bruno

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