Llegó a casa y dejó las llaves en la entrada, como hacía siempre. Se quitó los zapatos y los tiró bruscamente sobre la alfombra. ¿Para qué recoger? Su vida era exactamente igual que su casa, un desastre.
Rutina diaría. Se tumba en el sofá unos pocos minutos para procesar toda la información que acumulaba su cerebro. Enciende el ordenador y pone música, sube el volúmen, aún no está lo suficientemente alta. Traslada el ordenador hasta la cocina, donde comienza a sacar bolsas y bolsas de congelados mientras mueve la boca sin hacer ruido al ritmo de la canción.
Todavía no hemos escuchado su voz. No sabemos si canta bien o canta mal, si tiene un tono armónico o si es arrítmica. No sabemos nada, pero lo sabemos todo. No, mentira... No sabemos nada. Eso es lo que a ella le gusta, que nadie sepa nada. Nos proporciona datos aleatorios y vanales, pero nada más.
Cocina al ritmo de una lista de reproducción que deja bastante que desear y sonríe por dentro. Cena en silencio, de cara a la pared, observando apenas sin pestañear su propio y poco nítido reflejo.
Enciende la ducha y la deja correr esperando a que arda, quemar no es suficiente. Se desviste lentamente mientras se analiza meticulosamente al espejo y se cubre todas las zonas que le permiten sus pequeños brazos.
Se mete entre las cortinas y se desliza hasta quedar sentada sobre el plato de la ducha y deja que el agua caiga sobre ella a su antojo. Cierra los ojos e imagina. Imagina estar muy lejos, ser otra persona. Imagina el placer de permanecer allí toda la vida, y se le antoja una sensación dulce. Se le ocurre que eso es precisamente lo que tienen que sentir los niños antes de nacer. Ese placer calentito, esa seguridad infundada, esa levedad, esa profunda ingravidez.
Pero todo termina y el placer acaba. Sus minutos de descanso se han agotado por hoy, al igual que su fortaleza y su semblante.
Y por fin, después de ese horrible día, después de esos horribles años, se acuesta. Quita los dos cojines de la cama y los lanza hacia la otra punta de la habitación. Se pone el pijama con suavidad y con cariño. Levanta la almohada y alcanza el edredón. Tira de él hacia un lado y deja al descubierto una desgastada sábana blanca.
Se tumba y se tapa hasta arriba procurando no dejar ni un solo hueco por donde pase el aire. Frota los pies un rato hasta que los nota calientes y para. Se queda quieta unos minutos tumbada en posición fetal mirando a alguien que no la acompaña. Abre la boca y articula una palabra que no suena para nadie. Estira el brazo y acaricia el sitio vacío. Se incorpora y corre a buscar uno de los cojines que ha apartado previamente. Se mete con él en la cama y lo tapa con el edredón mientras le pasa un brazo por encima y lo aprieta contra su vientre.
Apaga la luz. Sin cerrar los ojos ahora mira hacia el vacío, sin pestañear, sin apenas respirar, como quien concentra todas sus facultades en algo. Su cara no tiene expresión alguna. Y de pronto brota de su ojo izquierdo una sola lágrima. Y dos. Y tres. Y ningún músculo de su cuerpo se estremece. Y cuatro. Y cinco. Y sus dedos se agarran con fuerza al cojín, y sus piernas se encogen un poco más. Y sus pies se mueven inquietos entre las sábanas.
Y ella cierra los ojos sin que nadie la vea. Y llora en silencio sin que nadie la escuche. Sin que nadie le pregunte. Sin que a nadie le interese.
Mentira. A alguien le importa. Pero no está. Ella nunca quiso que estuviera.
Y cierra los ojos. Y amanece. Y ella no despierta. Y nadie lo sabe.
Eso es lo que a ella le gusta... Que nadie sepa nada...
domingo, 6 de noviembre de 2011
lunes, 17 de octubre de 2011
En mi cama
Mi mano buscaba a ciegas tu cara.
Me dio tiempo a recorrer tus párpados con la yema de mis dedos, a deslizarlos suavemente por tus labios, todavía húmedos de placer, a adivinar el color de tus mejillas, a inventar nuevas fórmulas físicas que explicaran la reacción de mi mano con tu pelo. Me dio tiempo a sentir el calor de tu frente y los murmuros inconscientes. Y a sentir tu corazón, que latía a paso lento en tu cuello.
Mi mano buscaba a ciegas tu cara en esa cama.
Y me dio tiempo a despertarte de placer, a mecer tu cuerpo con la palma de la mano. A inventar palabras con los dedos. A embriagarme de tu aliento.
Mi mano buscaba a ciegas tu cara en esa cama, ya vacía.
Y me cerré en ese cuarto oscuro en el que todavía quedaba algo tuyo. Y me dio tiempo a olerte una vez más. A verte una vez más. A tenerte una vez más. A que me quisieras una vez más.
Y todas las noches mi mano buscaba a ciegas tu cara... Y yo podía vivir un día más.
Me dio tiempo a recorrer tus párpados con la yema de mis dedos, a deslizarlos suavemente por tus labios, todavía húmedos de placer, a adivinar el color de tus mejillas, a inventar nuevas fórmulas físicas que explicaran la reacción de mi mano con tu pelo. Me dio tiempo a sentir el calor de tu frente y los murmuros inconscientes. Y a sentir tu corazón, que latía a paso lento en tu cuello.
Mi mano buscaba a ciegas tu cara en esa cama.
Y me dio tiempo a despertarte de placer, a mecer tu cuerpo con la palma de la mano. A inventar palabras con los dedos. A embriagarme de tu aliento.
Mi mano buscaba a ciegas tu cara en esa cama, ya vacía.
Y me cerré en ese cuarto oscuro en el que todavía quedaba algo tuyo. Y me dio tiempo a olerte una vez más. A verte una vez más. A tenerte una vez más. A que me quisieras una vez más.
Y todas las noches mi mano buscaba a ciegas tu cara... Y yo podía vivir un día más.
miércoles, 28 de septiembre de 2011
Uno de cada cien
Cincuenta años hacía que vivían en ese pequeñito vagón al
final del tren. Ella dormía a la derecha, él lo hacía a la izquierda. Y cada
uno observaba desde su ventanilla los sueños que traqueteo a traqueteo habían
dejado pasar. Por la de ella se paseaban preciosas bailarinas de porcelana,
mecidas por el suave equilibrio de su tutú. La de él la recorrían miles de pentagramas rociados de corcheas y
negrillas. Lo único estático que en ambas permanecía no era sino el reflejo de
los dos, besándose en silencio.
-“Próxima parada…”- Pero ellos no
pensaban bajarse.
martes, 13 de septiembre de 2011
Colorín colorado...
—Mamá, léeme un cuento
—No quedan cuentos cariño
—Sí mamá, están allí, mira...— Pero ahí no había nada. Un triste vacío en medio de la estantería rosa, ya no quedaba ni un sólo libro. La mirada de Lucía se llenó de decepción, pero no lloró.
—Ya eres mayor Lucía, los cuentos se han acabado
—No, no, mamá... Yo sigo siendo pequeñita... De verdad, ya no quiero ser mayor lo prometo, quiero mis cuentos— Nadie hubiera dudado de estas palabras, Lucía no erá más que una niña, un pequeño ser humano de seis años que dormía entre muñecos y escribía ilusionada la carta a los Reyes Magos.
Todos los días se levantaba de entre sus diminutas sábanas, desayunaba su Cola-Cao en el tazón del conejito y acudía de la mano de su madre al colegio que había al lado de casa. Sí, Lucía continuaba siendo una niña.
—Dijiste que querías ser mayor, y las chicas mayores no lloran por cuentos, ni duermen con muñecas. Las chicas mayores aprenden.
—Yo también aprendo mami, yo voy al cole.
—Aprenden de la vida...
La cara de Lucía derrochaba confusión por todos sus poros, ¿ya no iba a poder ser pequeña?, ¿aprender de la vida?, ¿qué le había pasado a su madre?
Al día siguiente su padre se fue de casa y no volvió nunca. No sirvieron de nada sus súplicas, sus lágrimas, sus mocos por la barbilla y su cara sonrojada por la rabia.
—Lo siento cariño— fue la única explicación que recibió. ¡Le daba igual lo que sintieran!
Todo se termina. Lucía crece cinco años.
Y a partir de ahí todo va rodado... Su vida se sucedió de constantes enseñanzas agolpadas en una brevedad pasmosa de años.
La navidad no existe. Lucía crece un año.
Demostrar es díficil, a veces imposible. Lucía crece dos años.
El dinero es más que importante. Lucía crece tres años.
Amar no es suficiente. Lucía crece cuatro años.
Confiar te hace débil. Lucía crecre cinco años.
La gente muere y es olvidada. Lucía crece seis años.
Y con cada lección que la niña iba aprendiendo le sacudía un enorme dolor físico. Aprender dolía, y mucho.
Cuando alcanzó la edad de veinte años ya no era una niña, lo que nadie sabía es que había dejado de serlo mucho mucho tiempo atrás. Se convirtió en una anciana encerrada en esbelto cuerpo, en un corazón debilitado por los golpes cubierto de una capa de acero.
Ya nada le sorprendía, ya lo sabía todo.
Aprender de la vida, sí. Ahora sabía lo que era.
Decidió dejar de vivir. Paseaba por las calles muerta, sin vida. Levantaba los pies y los volvía a apoyar en la acera a modo de rutina, sin mirar a nadie, sin esperar nada, sin querer nada, sin sentir nada. Ya había vivido lo equivalente a 80 años, estaba cansada, agotada, así que esperaría a que su propio cuerpo cumpliera la condena.
Porque aprender duele... Y mucho.
—No quedan cuentos cariño
—Sí mamá, están allí, mira...— Pero ahí no había nada. Un triste vacío en medio de la estantería rosa, ya no quedaba ni un sólo libro. La mirada de Lucía se llenó de decepción, pero no lloró.
—Ya eres mayor Lucía, los cuentos se han acabado
—No, no, mamá... Yo sigo siendo pequeñita... De verdad, ya no quiero ser mayor lo prometo, quiero mis cuentos— Nadie hubiera dudado de estas palabras, Lucía no erá más que una niña, un pequeño ser humano de seis años que dormía entre muñecos y escribía ilusionada la carta a los Reyes Magos.
Todos los días se levantaba de entre sus diminutas sábanas, desayunaba su Cola-Cao en el tazón del conejito y acudía de la mano de su madre al colegio que había al lado de casa. Sí, Lucía continuaba siendo una niña.
—Dijiste que querías ser mayor, y las chicas mayores no lloran por cuentos, ni duermen con muñecas. Las chicas mayores aprenden.
—Yo también aprendo mami, yo voy al cole.
—Aprenden de la vida...
La cara de Lucía derrochaba confusión por todos sus poros, ¿ya no iba a poder ser pequeña?, ¿aprender de la vida?, ¿qué le había pasado a su madre?
Al día siguiente su padre se fue de casa y no volvió nunca. No sirvieron de nada sus súplicas, sus lágrimas, sus mocos por la barbilla y su cara sonrojada por la rabia.
—Lo siento cariño— fue la única explicación que recibió. ¡Le daba igual lo que sintieran!
Todo se termina. Lucía crece cinco años.
Y a partir de ahí todo va rodado... Su vida se sucedió de constantes enseñanzas agolpadas en una brevedad pasmosa de años.
La navidad no existe. Lucía crece un año.
Demostrar es díficil, a veces imposible. Lucía crece dos años.
El dinero es más que importante. Lucía crece tres años.
Amar no es suficiente. Lucía crece cuatro años.
Confiar te hace débil. Lucía crecre cinco años.
La gente muere y es olvidada. Lucía crece seis años.
Y con cada lección que la niña iba aprendiendo le sacudía un enorme dolor físico. Aprender dolía, y mucho.
Cuando alcanzó la edad de veinte años ya no era una niña, lo que nadie sabía es que había dejado de serlo mucho mucho tiempo atrás. Se convirtió en una anciana encerrada en esbelto cuerpo, en un corazón debilitado por los golpes cubierto de una capa de acero.
Ya nada le sorprendía, ya lo sabía todo.
Aprender de la vida, sí. Ahora sabía lo que era.
Decidió dejar de vivir. Paseaba por las calles muerta, sin vida. Levantaba los pies y los volvía a apoyar en la acera a modo de rutina, sin mirar a nadie, sin esperar nada, sin querer nada, sin sentir nada. Ya había vivido lo equivalente a 80 años, estaba cansada, agotada, así que esperaría a que su propio cuerpo cumpliera la condena.
Porque aprender duele... Y mucho.
miércoles, 17 de agosto de 2011
Tan claro como nada
Me asusté un poco, no voy a negarlo, el día en que me dí cuenta que ya no le echaba de menos.
Mi vida seguía casi por completo sin recurrir a su imágen ni un sólo segundo. Sí, me asusté. No por no recordarle, que también, sino por la amargura que me invadió al pensar que yo era, había sido y seré olvidada de la misma manera.
Él había sido el mayor amor de mi vida, el que me venía a buscar después del cole, el que me subía al carrito de la compra nada más llegar al súper, el que me metía en la bañera y me dejaba hasta que se me arrugasen los dedos por completo, el que finjía sacar gominolas de mis orejas y enfadarse cuando escupía toda la sopa en un ataque de risa.
Él era eso y mucho más... Hasta que se fue. Y al final acabó siendo para mí igual de necesario que absolutamente nada. ¿Recuerdos? Sí, no voy a mentir, recuerdos guardo muchos, aunque la nitidez va desapareciendo con los años como es lógico, pero es la esencia de ellos lo que me permite imaginarle.
Sin embargo no son indispensables estos recuerdos. Los minutos, las horas, los días, los meses y los años pasan en mi vida sin importarle a ésta lo que se va quedando atrás y lo que continúa, es como una especie de apisonadora gigante que deja a su paso millones de cadáveres en vida.
Pero no es directamente proporcional la importancia que desempeñan las personas en la vida de uno y el grado de dispensable que éstas puedan llegar a ser, sí podría serlo el tiempo que tardan en llegar a serlo, pero jamás el grado.
No importa lo importante que alguien haya sido, sea o vaya a ser. Porque al final... Será siempre prescindible.
Mi vida seguía casi por completo sin recurrir a su imágen ni un sólo segundo. Sí, me asusté. No por no recordarle, que también, sino por la amargura que me invadió al pensar que yo era, había sido y seré olvidada de la misma manera.
Él había sido el mayor amor de mi vida, el que me venía a buscar después del cole, el que me subía al carrito de la compra nada más llegar al súper, el que me metía en la bañera y me dejaba hasta que se me arrugasen los dedos por completo, el que finjía sacar gominolas de mis orejas y enfadarse cuando escupía toda la sopa en un ataque de risa.
Él era eso y mucho más... Hasta que se fue. Y al final acabó siendo para mí igual de necesario que absolutamente nada. ¿Recuerdos? Sí, no voy a mentir, recuerdos guardo muchos, aunque la nitidez va desapareciendo con los años como es lógico, pero es la esencia de ellos lo que me permite imaginarle.
Sin embargo no son indispensables estos recuerdos. Los minutos, las horas, los días, los meses y los años pasan en mi vida sin importarle a ésta lo que se va quedando atrás y lo que continúa, es como una especie de apisonadora gigante que deja a su paso millones de cadáveres en vida.
Pero no es directamente proporcional la importancia que desempeñan las personas en la vida de uno y el grado de dispensable que éstas puedan llegar a ser, sí podría serlo el tiempo que tardan en llegar a serlo, pero jamás el grado.
No importa lo importante que alguien haya sido, sea o vaya a ser. Porque al final... Será siempre prescindible.
martes, 9 de agosto de 2011
We couldn´t have it all
Control Z.
Y en cuanto sus pies tocaron el suelo de esa nueva tierra, separada de su origen por unos siete mil kilómetros, algo inexplicable recorrió todos sus sentidos. Ahora era una nueva persona, una persona a quien nadie conocía, era una chica de veinte años sin pasado.
Cada vez que salía de vacaciones era una nueva historia, similar al mismo tiempo que la anterior.
Se paseaba desnuda por la calle, imitando todo lo que otros visitantes hacían allá lejos donde ella vivía, saltaba en cada charco, se bañana en cada fuente, bailaba a cada paso, a cada nota musical. Vivía como si nunca hubiera hecho nada de eso, como si aprendiera una y otra vez lo que es el agua, el movimiento de los músculos, el alcohol, el sexo y la música.
Aprendió también a asumir quién era, si esque era alguien, a hablar sin remordimientos de lo que pensaba, de lo que sentía y de lo que soñaba...
Idas y venidas, conversaciones y bailes, alcohol y música, y siete días después era también para esa ciudad una chica conocida, tan conocida como lo era para su casa, sus vecinos, su familia...
Así que, asustada, se marchó corriendo, lejos... A pisar tierra en otra ciudad que no la conociera, a aprender de nuevo todo lo que ya sabía, a resultar mágicamente desconocida, a sentirse libre...
Sin embargó llegó, ese día en el que todo lo aprendido desapareció, la chica desconocida que ya era conocida por todas las ciudades del mundo se evaporó con todo eso que tantas veces había conocido y finjido desconocer... Y de ella sólo quedaron los restos... Había un poco de Europa en ella, sí, familiares y amigos consiguieron identificar ese poco, pero también residía un tanto de América, de Oceanía y de Asia en su pequeño cuerpo... También cada uno de los familiares, amigos y amantes de estos continentes pudieron atisbar las huellas que cada uno habían dejado en ella, o en lo que quedaba de ella...
Pasó toda su vida huyendo, pero, pasó toda su vida siendo feliz.
¿He dicho su vida? Quizás sea más correcto hablar de sus vidas...
Y en cuanto sus pies tocaron el suelo de esa nueva tierra, separada de su origen por unos siete mil kilómetros, algo inexplicable recorrió todos sus sentidos. Ahora era una nueva persona, una persona a quien nadie conocía, era una chica de veinte años sin pasado.
Cada vez que salía de vacaciones era una nueva historia, similar al mismo tiempo que la anterior.
Se paseaba desnuda por la calle, imitando todo lo que otros visitantes hacían allá lejos donde ella vivía, saltaba en cada charco, se bañana en cada fuente, bailaba a cada paso, a cada nota musical. Vivía como si nunca hubiera hecho nada de eso, como si aprendiera una y otra vez lo que es el agua, el movimiento de los músculos, el alcohol, el sexo y la música.
Aprendió también a asumir quién era, si esque era alguien, a hablar sin remordimientos de lo que pensaba, de lo que sentía y de lo que soñaba...
Idas y venidas, conversaciones y bailes, alcohol y música, y siete días después era también para esa ciudad una chica conocida, tan conocida como lo era para su casa, sus vecinos, su familia...
Así que, asustada, se marchó corriendo, lejos... A pisar tierra en otra ciudad que no la conociera, a aprender de nuevo todo lo que ya sabía, a resultar mágicamente desconocida, a sentirse libre...
Sin embargó llegó, ese día en el que todo lo aprendido desapareció, la chica desconocida que ya era conocida por todas las ciudades del mundo se evaporó con todo eso que tantas veces había conocido y finjido desconocer... Y de ella sólo quedaron los restos... Había un poco de Europa en ella, sí, familiares y amigos consiguieron identificar ese poco, pero también residía un tanto de América, de Oceanía y de Asia en su pequeño cuerpo... También cada uno de los familiares, amigos y amantes de estos continentes pudieron atisbar las huellas que cada uno habían dejado en ella, o en lo que quedaba de ella...
Pasó toda su vida huyendo, pero, pasó toda su vida siendo feliz.
¿He dicho su vida? Quizás sea más correcto hablar de sus vidas...
domingo, 10 de julio de 2011
Transiciones
"Abre los ojos" me digo cada vez que el suave traqueteo del tren me juega una mala pasada. La última vez que me quedé dormido no hubo manera de convencer a ese "reloj humano" del que todos hacen alarde y me salté mi parada, con todo lo que eso conlleva.
Así que ahí estoy, en el último vagon, con un libro abierto por una página que ni reconozco, y luchando prácticamente a muerte por no caer en brazos de Morfeo. Lo intento todo... Y lo vuelvo a intentar. Centrarse en el libro es lo más difícil, llevo casi media hora pasando hojas que mis ojos leen pero mi mente no procesa, me he perdido hace ya un capítulo y leer a partir de algo que no sé ni de qué habla me resulta increiblemente aburrido.
También probé con mirar por la ventanilla y pensar en todos esos sitios que voy dejando atrás, pero... La rutina del viaje ha conseguido estropear también esa opción.
No, ya estoy convencido, no hay manera posible de permanecer despierto media hora más, así que me rindo y dejo que mis ojos se cierren, poco a poco, disfrutando del placer del que se sabe abandonado al deseo más profundo.
Y en el último momento, quizás el último segundo, no lo sé, entró ella. Se acabó. Ya no deseaba dormir.
Se sentó en frente de mí y yo la miré de refilón como con miedo a asustarla, a que me creyera de esos hombres que van por ahí mirando a niñas. Pero no, yo no era así, y ella tampoco.
Mi mirada intermitente conseguía en ella una tímida sonrisa, sí, sin duda esa sonrisa era para mí. Esa sonrisa era completamente mía, estaba hecha a medida, pensada, calculada, y con el tiempo mejorada.
Entonces la imaginé conmigo en la cama, fumando un cigarro boca arriba mientras estiraba las piernas y las encogía, fruto de la gran inquietud que la poseía, y me hablaba de ésto y de lo otro y yo la miraba desde el otro lado absorto en sus mejillas, en su ombligo y en su boca.
Y la imaginaba también en aquel café de en frente de mi casa, el de los toldos verdes y las mesitas naranjas, burlándose de mi insuperable adicción a la cafeína mientras acababa de un trago con un zumo.
Y esos besos imaginarios que me regalaba en frente del quiosco cada mañana, esos besos que sabían a azúcar y mermelada de fresa, esos besos que yo nunca le pedía pero que no fallaban.
Sin olvidar las noches de fin de semana en las que mi imaginación nos hacía quedarnos en casa, y ella se paseaba en bragas por el pequeño salón mientras bailaba cualquier canción que encontrara en la radio, y yo la miraba hipnotizado desde el sofá, como quien observa el espectáculo más increible del mundo, absorto en sus caderas y en la luz que desprendía su pelo con cada movimiento.
Y en todos y cada uno de los pasajes ahí estaba esa sonrisa, mi sonrisa.
Mi parada llegó entre bailes y besos, me levanté y andé hacia la puerta sin mirarla. Y un segundo antes de poner el pie en el suelo me giré, la miré y me miró, y entonces vi pasar por sus pupilas el reflejo de todo lo que yo había imaginado, me sonrió y recordé.
Así que ahí estoy, en el último vagon, con un libro abierto por una página que ni reconozco, y luchando prácticamente a muerte por no caer en brazos de Morfeo. Lo intento todo... Y lo vuelvo a intentar. Centrarse en el libro es lo más difícil, llevo casi media hora pasando hojas que mis ojos leen pero mi mente no procesa, me he perdido hace ya un capítulo y leer a partir de algo que no sé ni de qué habla me resulta increiblemente aburrido.
También probé con mirar por la ventanilla y pensar en todos esos sitios que voy dejando atrás, pero... La rutina del viaje ha conseguido estropear también esa opción.
No, ya estoy convencido, no hay manera posible de permanecer despierto media hora más, así que me rindo y dejo que mis ojos se cierren, poco a poco, disfrutando del placer del que se sabe abandonado al deseo más profundo.
Y en el último momento, quizás el último segundo, no lo sé, entró ella. Se acabó. Ya no deseaba dormir.
Se sentó en frente de mí y yo la miré de refilón como con miedo a asustarla, a que me creyera de esos hombres que van por ahí mirando a niñas. Pero no, yo no era así, y ella tampoco.
Mi mirada intermitente conseguía en ella una tímida sonrisa, sí, sin duda esa sonrisa era para mí. Esa sonrisa era completamente mía, estaba hecha a medida, pensada, calculada, y con el tiempo mejorada.
Entonces la imaginé conmigo en la cama, fumando un cigarro boca arriba mientras estiraba las piernas y las encogía, fruto de la gran inquietud que la poseía, y me hablaba de ésto y de lo otro y yo la miraba desde el otro lado absorto en sus mejillas, en su ombligo y en su boca.
Y la imaginaba también en aquel café de en frente de mi casa, el de los toldos verdes y las mesitas naranjas, burlándose de mi insuperable adicción a la cafeína mientras acababa de un trago con un zumo.
Y esos besos imaginarios que me regalaba en frente del quiosco cada mañana, esos besos que sabían a azúcar y mermelada de fresa, esos besos que yo nunca le pedía pero que no fallaban.
Sin olvidar las noches de fin de semana en las que mi imaginación nos hacía quedarnos en casa, y ella se paseaba en bragas por el pequeño salón mientras bailaba cualquier canción que encontrara en la radio, y yo la miraba hipnotizado desde el sofá, como quien observa el espectáculo más increible del mundo, absorto en sus caderas y en la luz que desprendía su pelo con cada movimiento.
Y en todos y cada uno de los pasajes ahí estaba esa sonrisa, mi sonrisa.
Mi parada llegó entre bailes y besos, me levanté y andé hacia la puerta sin mirarla. Y un segundo antes de poner el pie en el suelo me giré, la miré y me miró, y entonces vi pasar por sus pupilas el reflejo de todo lo que yo había imaginado, me sonrió y recordé.
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